Y pasan esos días y recupero el tiempo, busco una soledad que alimente los sueños, escribo sin parar, no hay orden ni concierto. Hay música de un dios, aunque no crea en ello, una suite que emociona hasta los huesos. Escritura automática que no entiende de versos, aunque me persigan las cesuras del viento. Y qué si no me encuentro, si ya estoy donde estaba, si vuelvo una vez y otra y es el mismo cuento. Un cuento de la infancia, del sol que nos calienta, del perro que nos ladra que despierta el deseo, supongo, creo, miento, esa es la alternativa. Ninguna, nunca más o un no lo entiendo. Podría ser que sí, podría ser inmenso, podría ser real y no es un sueño. Camino despacito para no tropezar y paso a paso encuentro una única verdad, muchas verdades, y pienso aquellos días, azules como el tiempo. Hago un descanso aquí para encontrar el creo, el supongo, el podría, el entonces deseo.
Estos días azules y este sol de la infancia
En el bolsillo del abrigo de Antonio Machado al encontrarlo muerto: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Cuando todo es eterno, y parece de papel, pero es inmenso. Cuando cuesta creer que algún día estaremos muertos, pero sabes que sí y sonríes a los perros. A veces me imagino que yo misma me pierdo, que no sé cuando soy, desbaratando el tiempo. El dónde no te importa porque hay atardecer, el por qué es una ardilla, el quién es el verano. Que más da que me pierda, si me escucha el silencio, que más da que no sepa si puedo oír el viento. Entonces recupero las edades perdidas, de pronto sé quién soy, hace cuanto que espero. Aprieto bien los ojos por sí aún puedo volver, por si vuelvo a perderme, por si ya no oigo nada y me despierto ciega. Pero no soy yo, es una cosa de los árboles, de las ardillas y del verano, de esos días azules y ese sol de la infancia. Así ya da igual desperezarse, el mal aliento y los rincones oscuros, veo la sombra igual, veo que no lo entiendo, veo a los perros correr de un lado al otro del asfalto, sin dueño. Hago un descanso aquí para encontrar el creo, el supongo, el podría, el entonces deseo.
Apendicectomía

Me desperté sudorosa. Tan bruscamente que incluso Lola abrió uno de sus ojos rápidamente. El reloj marcaba las 4:40. Palpé la cicatriz en mi vientre y de golpe comprendí todo. Comprendí porque llevaba meses sin que salieran unas frases decentes de mi teclado, porque ya no podía leer, escribir o inventar canciones bajo la ducha. Me levanté de un brinco -uno pequeñito para que no se me saltaran los puntos-, me puse el mismo vestido verde que llevaba el día que me operaron, y cerré tras de mi la puerta con cuidado.
Cuando llegué al hospital todo estaba tranquilo, entré por la puerta de urgencias como si fuera a la sala de espera donde están los familiares de pacientes ingresados en los boxes, torcí a mi izquierda y subí al ascensor. "Sólo personal autorizado". Bien, yo me consideré autorizada. Por si acaso cogí una bata y me la coloqué encima. Puse cara de residente despistada y entre en la planta de cirugía por la puerta trasera. Un cirujano salió de una habitación dejando la puerta entreabierta y yo aproveché para colarme sin que nadie me viera. Una serie de estanterías y armarios recorrían la estancia: botecitos, jeringuillas, frascos y medicamentos ocupaban los estantes. Abrí un armario: "Para estudio clínico". Aja. Oí unos pasos que se acercaban por el pasillo justo mientras mis ojos se posaban sobre un tarro de cristal del tamaño de un bote de mermelada. "Apendicitis aguda flemonosa. Mujer 27 años." Agarré aquella pequeña salchicha en formol y salí a hurtadillas de la habitación. Una vez fuera, recorrí el pasillo deprisa, pero sin correr, procurando que nadie notara que un puñado de gotas de sudor recorrían mi frente cada vez más empapada.
Al llegar a casa suspiré de alivio. Estaba sudando y me tiraba bastante la cicatriz, pero al fin había recuperado mi apéndice. Aunque yo no lo supe hasta dos días después de mi cumpleaños, cuando me ingresaron en urgencias, mi apéndice había estado inflándose como un globo durante semanas. De algún modo, pensé que esta infección había repercutido en mi ya de por sí perezosa creatividad, impidiéndome escribir en el blog, continuar con los proyectos teatrales y ,en definitiva, paralizando cualquier tarea que requiriese de mi capacidad literaria.
Pero esa misma noche descubrí que no se trataba de la infección, sino del apéndice en sí. El apéndice era lo que me había permitido escribir todos estos años: era mi pelo de Sansón, mi vellocino de Oro, mi agua del rio Estigia... no podía permitirme perderlo, y menos ahora que dependía totalmente de mis palabas para sobrevivir.
Y ahora está aquí, anestesiado para siempre, y guardado en este frasco podrá permancer años y años, tanto tiempo como necesite yo escribir a lo largo de mi vida. Y quizá lo mantega ahí, en el congelador, hasta el día que me muera. Y no será de apendicitis.
Fin de la huelga

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Stop. Detiene el reproductor. El ritmo de la voz retumba aún dentro de su cuerpo. El corazón le late al compás de las sílabas que pronuncia el lector del libro. Aunque ya ha acabado de escuchar todo el cuento, vuelve a poner el principio, recordando el momento en el que lo comenzó. Entonces no sabía lo intenso que sería ese viaje literario, ni tampoco sabía que esa primera frase se grabaría, quizá para siempre, en su memoria. Hidalgo, adarga, tiempo… su piel se erizó con cada palabra pronunciada de aquel modo hipnótico y supo que no podría dejar de escuchar, que llegaría hasta el final en aquella noche eterna en la que no durmió, en aquel día en que todo el alimento fue su voz.
Sonríe levemente, acariciando el aparato que contiene ese cuento. Había escuchado cientos de libros, leídos por todo tipo de voces. Pero nunca una como aquella. Hacía que su necesidad de escuchar las historias de la boca de otra persona fuese casi un privilegio. Siempre hubo alguien entre ella y el autor: irremediablemente una voz -bella, pero ajena- que modificaba la obra de arte transformándola a su pesar. Aquella voz, sin embargo, le pareció la única adecuada. Una voz profunda, firme y tierna. Pensó que, lanzada por un altavoz desde su ventana, sería capaz de provocar la revolución en la ciudad, o en el país, o en el mundo entero.
Toquetea el aparato buscando a Dulcinea en una frase. Play. Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Stop. Repite la frase otra vez, hasta notar de nuevo su corazón acelerarse. Nunca podrá verle, pero sólo oyéndole puede creer, confesar, afirmar, jurar y defender que lo ama. Necesita tocar el cuerpo en el que vibra esa voz, acariciar los rasgos del hombre que le habla en la oscuridad. Idealiza consciente al portador de esa voz absoluta. No es imposible, quizá improbable, pero no imposible. Encontrarle. Eso es todo. No piensa en lo difícil de la empresa, no alcanza a estimar la probabilidad de encontrar esa voz entre las miles o millones de voces de la ciudad. Simplemente coge la correa, se sujeta a su perra y sale a la calle. Ella es su fiel escudero, sus ojos y su cordura.
Sonríe levemente, acariciando el aparato que contiene ese cuento. Había escuchado cientos de libros, leídos por todo tipo de voces. Pero nunca una como aquella. Hacía que su necesidad de escuchar las historias de la boca de otra persona fuese casi un privilegio. Siempre hubo alguien entre ella y el autor: irremediablemente una voz -bella, pero ajena- que modificaba la obra de arte transformándola a su pesar. Aquella voz, sin embargo, le pareció la única adecuada. Una voz profunda, firme y tierna. Pensó que, lanzada por un altavoz desde su ventana, sería capaz de provocar la revolución en la ciudad, o en el país, o en el mundo entero.
Toquetea el aparato buscando a Dulcinea en una frase. Play. Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Stop. Repite la frase otra vez, hasta notar de nuevo su corazón acelerarse. Nunca podrá verle, pero sólo oyéndole puede creer, confesar, afirmar, jurar y defender que lo ama. Necesita tocar el cuerpo en el que vibra esa voz, acariciar los rasgos del hombre que le habla en la oscuridad. Idealiza consciente al portador de esa voz absoluta. No es imposible, quizá improbable, pero no imposible. Encontrarle. Eso es todo. No piensa en lo difícil de la empresa, no alcanza a estimar la probabilidad de encontrar esa voz entre las miles o millones de voces de la ciudad. Simplemente coge la correa, se sujeta a su perra y sale a la calle. Ella es su fiel escudero, sus ojos y su cordura.
El viento del olvido
Olvidarse. Es difícil. Bendita memoria imperfecta que nos ayuda a olvidar. Benditas neuronas con sus desconexiones. Bendito presente que nos fuerza al Olvido. El viento del Olvido: que lo barre todo y todo lo destruye. Era una canción ñoña como tantas, la escribí antes de los veinte –madre mía como pasa el tiempo Mrs. Olvido– y cantaba yo con mi guitarra sin saber hacer la cejilla: Y sé que bajo el viento del olvido, hastío el maratón de los caminos, no se puede matar (...) Si hubo una vez que me olvidaron fue que alguna vez me amaron... fue el día que nos perdimos bajo el viento del olvido. Fa, Do, Mi menor... Lo he olvidado... como olvidé yo también cuando no amaba más, y me olvidaron a mí cuando ya no me amaban, y al final ni lo uno ni lo otro fue para tanto, Mrs. Olvido.
Ningún olvido se parece a otro: olvidar el amor no es lo mismo que el olvido de la muerte, con su eternidad, u olvidar un dolor del alma para poder seguir adelante, o no tener rencor, que es olvidarse de la venganza...
Yo, hay cosas que no pienso olvidar, olvidos contra los que lucho ferozmente cada día, para que no se pierda entre ese viento terrible lo que merece la pena ser recordado; y otras que me esfuerzo en borrar, pero que reaparecen como tinta mágica y vuelta a empezar... En fin que me paso la vida forzando a las poquitas neuronas que tengo: a unas para olvidar, a otras para mantener vivo un recuerdo... y un día la memoria me traiciona y me olvido de hacer compra, o de llamarte, o de perdonarte, me olvido de escribir lo que estaba pensando, o se van las horas sin acordarme de aquello tan importante. Lo siento si olvidé algo que tenía pendiente (por ejemplo, charlar contigo Lola).
Ningún olvido se parece a otro: olvidar el amor no es lo mismo que el olvido de la muerte, con su eternidad, u olvidar un dolor del alma para poder seguir adelante, o no tener rencor, que es olvidarse de la venganza...
Yo, hay cosas que no pienso olvidar, olvidos contra los que lucho ferozmente cada día, para que no se pierda entre ese viento terrible lo que merece la pena ser recordado; y otras que me esfuerzo en borrar, pero que reaparecen como tinta mágica y vuelta a empezar... En fin que me paso la vida forzando a las poquitas neuronas que tengo: a unas para olvidar, a otras para mantener vivo un recuerdo... y un día la memoria me traiciona y me olvido de hacer compra, o de llamarte, o de perdonarte, me olvido de escribir lo que estaba pensando, o se van las horas sin acordarme de aquello tan importante. Lo siento si olvidé algo que tenía pendiente (por ejemplo, charlar contigo Lola).
Cosas que me gustan
Las iguanas
Las espirales
Un violín y un piano sonando juntos
Los jerseys de cuellos grandes
Las cajas de música
Los tranvias
Las escaleras de caracol
Las pérgolas para los músicos
Los laberintos de jardín
Los mercadillos
Las pajareras sin pájaros
Las ventanas
Los baúles de pirata
Los altillos de los bares
Las palomitas en el cine
El chocolate negro
Las camas con dosel
El café
Las caracolas
Los discos de vinilo
Los cuentos
Las cosas que no se sabe para que sirven
Las listas de cosas
Los etcéteras.
Karma
Para los fans de Earl, no hace falta explicación. Para los no fans... bueno, que algún fan lo explique mejor, pero se supone que todo lo que tu das a... ¿el universo? El ¿universo? te lo devuelve. Hace poco -Lola, protestaste bastante porque dejé en tierra- me fui a Flandes y Bruselas de vacaciones -Bélgica está divida en tres partes, Flandes, Bruselas y Valonia, informa Álvaro Muñoz desde radio Defacqz-.
Flanders (me gusta más llamarlo así) es un lugar donde la gente emite buen karma, te dan indicaciones con una amabilidad desconocida, te dan bocadillos a un euro, se paran con su coche para que puedas terminar de hacer una foto... así que se puede decir que llegué cargadita del “toque Flanders” a los Madriles.
El mismo martes que salí de madrugada desde Bruselas volviendo a la dura realidad, estaba por la tarde esperando al autobús de San Agustín de Guadalix para ir a trabajar, cuando un apresurado madrileño rozó mi hombro dejando caer algo a su paso. Me agaché para recogerlo y ví, asombrada, que se trataba de dos billetes de cincuenta euros. Miré a mi alrededor para ver si era de alguno de los que estaban en la cola, y como no hicieron gesto alguno, deduje que se había caído del bolsillo del acelerado conejo blanco. Miré hacia donde se había ido, y, como Alicia, salí corriendo tras él por el oscuro túnel del intercambiador de Plaza Castilla. Al fin le alcancé y le tendí la mano. Él puso cara de “Madre mía, ¡se me habían caído los cien pavos!” y luego cara de “¿Me los estás devolviendo?”. Me dio las gracias atónito y volví corriendo en dirección contraria para no perder el autobús.
Eso fue lo que yo le dí al universo: cien euros.
¿Hubiese tenido ese instinto sino hubiera sido porque venía feliz de las vacaciones con Raúl y Álvaro, e influenciada por el llamado “toque Flanders”? El cóctel de la cerveza belga, la emoción de viajar, las frites con sus salsas, la dulzura de Gante y Brujas, la desconexión del estrés urbano, la belleza escondida de Bruselas... ¿había generado en mí una nueva forma de hablarle al universo? Quiero decir con esto que todo nos cambia, que cada paso que damos, cada ciudad que conocemos, cada persona que nos guía por un camino y no otro, cada suspiro que damos al contemplar un amanecer... hace de nosotros personas distintas, capaces de entender más allá de sus propios ombligos.
Supongo que yo le estoy dando al universo un poco de mi recién estrenado “toque Flanders” porque el universo me regaló un viaje divertido y entrañable con la mejor de las compañías. Y lo que sigue es el indicio auténtico del karma. A la semana de volver de Bélgica buscaba un somier para mi nuevo colchón. Mirando en Segundamano encontré a una amable chica llamada Fabiola que regalaba el suyo – casi nuevo, de lamas finas de madera de haya, ergonómico, ajustable– por una mudanza. Ayer fui a recogerlo con mi padre y ya está en casa. Acabo de mirar en Google y ese somier cuesta unos doscientos euros.
El universo te da el doble de lo que le envías.
Pasado Pluscuamperfecto

Había ido a trabajar por la mañana en metro, quitándose los pelos de las cejas mientras un niño pequeño la miraba atónito. Los niños no entienden esas cosas, no entienden que nos quitemos pelos o nos pongamos cremas, atónitos escuchan hablar del trabajo y del dinero, para ellos todo es un presente continuo sin pretensiones.
Pero ella, decía, había ido a trabajar en metro, y a la salida había decidido hacer un viaje por la ciudad -ya que estaba allí desde hacía más de veinte años, quizá no era mala idea disfrutar del paisaje, de la luz y de la gente de Madrid-, primero había quedado con sus compañeros de la universidad, había paseado por La latina y tomado cañas y cafés hasta las ocho de la tarde, cuando la luz y los guiris se desvanecen de las calles del centro. Después había vuelto a su nueva casa, se había arreglado un poco y como nadie tenía guardia en el hospital, había podido salir a beber vino blanco y comer croquetas de bacalao en una taberna de Malasaña. Había mirando entonces con cariño aquel instante, queriendo congelarlo en su memoria para cuando los pequeños conflictos del día a día la preocupaban. Había recordado también, al acercarse a ese bar con los mejores mojitos de los dieciséis años, cuantas noches había pensado antes que Madrid era una ciudad divertida y emocionante donde podía pasar cualquier cosa. Echaba de menos el mar, echaba de menos un poco menos de egoísmo y prisas, hubiera echado a unos cuantos políticos que llevaban demasiados años allí, pero en el fondo esa ciudad, había concluido, era maravillosa.
Había viajado lejos (a Flandes últimamente, pero eso es otra historia) y había querido irse aún más lejos millones de veces, pero sabía que siempre volvería. Volvería para ver todos los parques con cumpleaños al atardecer y para poder hacer San Cucufato Armendáriz y encontrar sitio un domingo por la tarde en Lavapiés, y tomar cervezas en su barrio con su familia, e ir al parque a corretear y bajar el cocido de las tres, y darse besos con todos, y coger el último autobús demasiado acelerado con su muy mejor amiga.
Sabía que su ciudad no era una ciudad agradecida y por eso no se molestaba en defenderla, era su tierra como podía haber sido cualquier otra, pero nunca se preocupó en explicar a nadie lo genial que era. Se explicaba por sí misma: era una tierra de gente de todas partes donde en realidad nadie era de ningún sitio.
Pero ella, decía, había ido a trabajar en metro, y a la salida había decidido hacer un viaje por la ciudad -ya que estaba allí desde hacía más de veinte años, quizá no era mala idea disfrutar del paisaje, de la luz y de la gente de Madrid-, primero había quedado con sus compañeros de la universidad, había paseado por La latina y tomado cañas y cafés hasta las ocho de la tarde, cuando la luz y los guiris se desvanecen de las calles del centro. Después había vuelto a su nueva casa, se había arreglado un poco y como nadie tenía guardia en el hospital, había podido salir a beber vino blanco y comer croquetas de bacalao en una taberna de Malasaña. Había mirando entonces con cariño aquel instante, queriendo congelarlo en su memoria para cuando los pequeños conflictos del día a día la preocupaban. Había recordado también, al acercarse a ese bar con los mejores mojitos de los dieciséis años, cuantas noches había pensado antes que Madrid era una ciudad divertida y emocionante donde podía pasar cualquier cosa. Echaba de menos el mar, echaba de menos un poco menos de egoísmo y prisas, hubiera echado a unos cuantos políticos que llevaban demasiados años allí, pero en el fondo esa ciudad, había concluido, era maravillosa.
Había viajado lejos (a Flandes últimamente, pero eso es otra historia) y había querido irse aún más lejos millones de veces, pero sabía que siempre volvería. Volvería para ver todos los parques con cumpleaños al atardecer y para poder hacer San Cucufato Armendáriz y encontrar sitio un domingo por la tarde en Lavapiés, y tomar cervezas en su barrio con su familia, e ir al parque a corretear y bajar el cocido de las tres, y darse besos con todos, y coger el último autobús demasiado acelerado con su muy mejor amiga.
Sabía que su ciudad no era una ciudad agradecida y por eso no se molestaba en defenderla, era su tierra como podía haber sido cualquier otra, pero nunca se preocupó en explicar a nadie lo genial que era. Se explicaba por sí misma: era una tierra de gente de todas partes donde en realidad nadie era de ningún sitio.
Aquí he vivido y por ahora, como uno que vive en la plaza de Tirso, aquí quiero quedarme.