Si tú te vas...




“Nena no imaginas lo bien que lo voy a pasar…” esto decía una canción de Platero y tú, una de tantas de los quince años de pantalones rotos, camisetas de Extremoduro y pelos de colores, una de las de la Malasaña con olor a petas, laca de uñas y pis, de los años en que te conocí… En realidad te conocía hacía mucho más tiempo, pero fue entonces cuando me dieron tantas ganas de conocerte más que aún no he podido separarme de ti.
Éramos sólo el boceto de lo que somos ahora, el boceto del boceto entonces, pura adrenalina llegar a casa más tarde de las 12 y una aventura buscar a un chico entre la multitud de un concierto en las fiestas del 2 de Mayo. La adrenalina nos sube ahora al darnos cuenta de lo que nos espera, mientras la luz del sol atraviesa esta botella de vino blanco. La aventura es sobrevivir los unos con los otros, sin estropear lo que fuimos y sin dejar de ser aquello en lo que nos estamos convirtiendo.


Muchas veces sé que crezco cuando te miro, porque me has acompañado desde esas calles sucias de Madrid hasta los pasillos del supermercado para hacer la compra. Y a veces sé quién soy cuando te escucho, como cuando un músico escucha a otro músico y sabe entrar a tempo para tocar con él. Hay muchas cosas que ya nos sabemos de memoria, otras que nos cansan, otras que odiamos, otras que no nos damos cuenta pero necesitamos en la gente que nos rodea. Pero sobretodo están las cosas que no están, las cosas que imaginamos que aún podemos hacer, los inventos que vamos a inventar juntos, los viajes que vamos a realizar, las risas que nos echaremos todavía y los sueños que seguimos compartiendo después de tantos años.


Si tú te vas, nena, voy a seguir pasándolo genial contigo, porque sin ti sería feliz, pero no sería la misma… porque estés donde estés, hay cosas que no cambian, y el mundo tiene que seguir cambiando… ¿verdad?

El vacío

Malevich. Composición Suprematista


Lola se ha quedado dormida.
En realidad se quedó dormida hace unas semanas, yo no sé si las iguanas hibernan, pero creo que eso es lo que está haciendo Lola. Hace tanto frío que ha decidido encerrarse en sí misma. Respira despacio, tan despacio que parece que está muerta, pero no lo está. Su piel está aún más fría de lo habitual, pero sé que vive porque se mueve de un día para otro, apenas unos milímetros, pero se mueve. Si pudiera, a veces, yo también hibernaría… pero entonces no podría pisar la nieve.
Cuando la pisas hay silencio en la calle y el cielo susurra un aire helado que se escucha como por dentro de los huesos. La nariz huele la nieve y es como si oliese por primera vez, y los ojos de nieve no ven casi, pero intuyen los colores difuminados del espacio. Una pisada sobre la nieve, Armstrong sobre la luna, la flor que nace entre las rocas, el equilibrista en la cuerda floja, el personaje entrando al escenario, la ola que rompe la barca contra el acantilado, el conejo blanco de la chistera…
Pisar la nieve, es el vacío, y antes de llegar no hay nada, tiene la magia de un encuentro fortuito y la ingenuidad de un niño, es suave como un beso e irremediable como las agujas de un reloj. El vacío es maravilloso porque no es nada y puede ser todo…


El vacío… qué palabra tan hermosa, lista para llenarse de sentido, que lugar tan privilegiado para comenzar a crear.
¡Mira, Lola! La nieve ha borrado todos los caminos, así que despierta, que podemos avanzar en cualquier dirección. En la que nosotras queramos.

He perdido la chistera, Lola

A veces pierdes cosas importantes... ideas, personas, papeles, la agenda, el tiempo, la bufanda... olvidas lo que no deberías olvidar, recuerdas lo que te duele, construyes un pasado que nunca fue, y a veces sólo a veces, lo único que cuenta no es lo que has dejado atrás, sino todo lo que queda por inventarse. Hoy no tengo ningún cuento en la chistera, Lola... Ni siquiera tengo chistera... Me la dejé olvidada en un andén de la línea seis...


Era domingo. Estaba mirando a un hombre mayor que, agarrado a un bastón, dejaba pasar un metro tras otro en el andén de enfrente. Canturreaba una canción que yo no podía oír, pero debía ser un tango de Gardel. Quizá aquella que mi madre cantaba subiendo alguna cuesta del pueblo algún verano: "Barrio, plateado por la luna, rumores de milongas son toda tu fortuna… Barrio, barrio, que tenés el alma inquieta de un gorrión sentimental…" Con el pie izquierdo el hombre llevaba el compás y en sus ojos grises, cubiertos por tupidas cejas canosas, se adivinaba el recuerdo de un ayer. En su pupila reconocí una silueta. Era de una mujer, llevaba un vestido rojo, hasta los tobillos, y una chistera baja como de cabaret. Un él mucho más joven bailaba con ella alrededor del iris, sin música, como en uno de esos quioscos de los parques, un día en que los músicos hubieran tomado vacaciones para ver el mar. Ella sonreía y él, torpe, le pisaba los zapatos a cada tres por cuatro. El gorrión sentimental les miraba apoyado en la baranda del quiosco, con el pío pío intranquilo de un pájaro que no sabe migrar.


De golpe llegó el invierno a sus pupilas y a su recuerdo, cuando una lágrima empañó los ojos del hombre de las cejas de nube, y en el quiosco del parque empezó entonces a llover. El gorrión que no sabía migrar fue empujado por una ráfaga de viento helado y se llevó consigo la chistera de la mujer del vestido rojo. Él se frotaba las manos sentado en el banco del anden, y no distinguió si era el viento de entonces o era el metro entrando rápido desde el túnel lo que derribó su bastón... Al agacharse a recogerlo, el hombre despertó del ensueño y caminó todo lo deprisa que pudo hacia el vagón. Entró un instante antes de que las puertas se cerraran, y mientras el metro desaparecía de nuevo en la oscuridad, su mirada gris se cruzó con la mía... El hombre de las cejas de nube me lanzó las imágenes de su vida como si sus ojos de siglos fueran el proyector de un cine antiguo.
En blanco y negro mudo veo entonces como camina deprisa por el mismo parque, con un paquete atado con cuerdas entre las manos. Luego ella lo abre y saca una tableta de chocolate. Otra imagen. Ella está sentada en un taburete de madera, en la cocina, pelando judías verdes mientras él la observa apoyado en el quicio de la puerta. Y otra. Ella aparece en lo alto de unas escaleras, en el hall de un teatro, él la espera abajo y se abrazan. Ella está sudando, sobre la cama, él sostiene a un niño entre los brazos. La mujer sonríe, en realidad sonríe siempre. Los dos miran por la ventana, nieva. Una niña corre por la playa, un cuento se cae desde el pupitre, un vaso de agua espera en la mesilla, un balón pinchado sobre el tejado, unos ojos verdes brillan en la oscuridad, una vía del tren, una mancha en la pared, un lápiz, un reloj, nada.

Otro instante y la llegada del metro en sentido contrario rompió en mil pedazos la imagen que el hombre de las cejas de nube proyectaba sobre mí. Desperté del ensueño y caminé todo lo deprisa que pude hacia el vagón. Entré un instante antes de que las puertas se cerraran, y mientras el metro desaparecía de nuevo en la oscuridad giré la cabeza y desde la ventanilla ví, apoyada sobre el banco donde yo había estado sentada, la chistera.

Un cuento

"Si yo no ardo esta noche, quién iluminará el mundo" (algún profesor)
Érase una vez un cuento que no quería ser cuento. Las palabras burbujeaban en los límites del papel, queriendo salir a encontrarse con metáforas y paralelismos; las letras empujaban desde las tapas del libro, aún en blanco, buscando un lugar donde colocarse para tener sentido. Los personajes del cuento, aún por encontrarse, vagaban solitarios entre las neuronas del escritor, sin objetivo ni conflictos, sin transformación ni revolución.
Y el cuento, sin más explicación, no quería existir. Prefería ser una historia probable, prefería ser un podría o un quizás, no quería ser nada para no definirse. A lo mejor ni siquiera sería un cuento, sino una novela, un poema, una canción o una obra de teatro. Pero el tiempo pasaba, y sus hojas de papel se humedecían con la lluvia, se manchaban de café, se arrugaban por las manos que buscaban un principio. Sus tapas se endurecían llenas de letras que no significaban, sus palabras estaban atascadas en un embudo sintáctico y semántico.
Los personajes se habían establecido alrededor de una hoguera en la cabeza del escritor, y allí mientras se calentaban las manos y cocinaban sopa en una lata, esperaban, esperaban, esperaban, esperaban...
Una noche de insomnio, en la que el escritor no podía dormir, un personaje abrió furtivamente un hueco entre el lóbulo parietal y el occipital, saltó de un brinco al papel en blanco y arañó con fuerza para que un par de palabras salieran de entre las páginas. Algunas letras se abrieron paso entonces entre las tapas ya ajadas y compusieron con ritmo desigual los sustantivos "melancolía" y "sombrero". El cuento que no quería ser se vió invadido por un sentimiento extraño, los personajes, las letras, las palabras... le obligaban a ser, a existir pese a su resistencia.
Al escritor, ajeno a todo esto, le sobrevino un repentino sueño y se acomodó entre los cojines del sofá. El personaje recorría las hojas en blanco, junto a la melancolía y el sombrero, que comenzaban a concretarse a sí mismos, siendo algo más que un objeto o un sentimiento; el personaje encontró un nombre, el sombrero se volvió de un color y la melancolía fue de una tierra lejana. El cuento estaba siendo, se dibujaba despacio pero firme sobre la nada, los personajes aparecían, las palabras se hilaban unas con otras construyendo el sentido de una historia, las letras bailaban alrededor del fuego como en una mágica noche de San Juan. Y, como el fuego, el cuento que no quería ser ardió sin poder evitarlo, quemó los sueños del escritor mientras dormía, convirtiéndose en ceniza a la mañana siguiente. Ese amanecer, áquel escritor escribió con su bolígrafo un cuento maravilloso, que ya no podía ser otra cosa que lo que era, que no pudo evitar convertirse en sí mismo, que, empujado por el algún destino, se definió para siempre jamás.

El miedo


Recuerdo el primer día que fuiste al circo. Había una cola enorme para entrar, así que te acerqué a un tiovivo y vimos cómo los demás niños daban vueltas y vueltas saludando a sus padres en cada una de ellas. Me pediste subir a un gatito burlón que subía y bajaba como los caballitos de siempre, los de mi infancia y no la tuya. Subiste, y a cada vuelta, agitabas la mano de un modo mecánico, un poco obligado por el ejemplo que acababas de ver, sin perder por eso la frescura en cada saludo sonriente. No me extrañaría que acabaras siendo actor; eras capaz de repetir la ilusión de descubrirme por primera vez incluso cuando llevabas diez vueltas. Yo te perdía en el tumulto de niños y sirenas de bombero para reencontrarte segundos después y volverte a perder, y a veces tenía la sensación de que no ibas a estar subido al gatito en una de las vueltas, que en alguno de esos giros del destino la máquina podía hacerte desaparecer como en las ilusiones del mago. En esos instantes el miedo recorría mis nervios y mi piel, apenas unos segundos temblorosos y fríos, apenas una imagen, apenas... y aún ahora, cuando extiendo esa imagen en el vacío siento el miedo.


Me sirve para saber que el miedo dura un instante. Empiezo a entender que no es más que una vuelta rápida, un giro inesperado, y que no puede durar porque paraliza, no puede vencer porque destruye las risas de los niños y los gatitos burlones, los coches de bomberos y los sueños. Ahora, siempre, cuando siento miedo me acuerdo de ese día en que te llevé al circo, tiemblo, tengo frío, después te veo encontrarme, te veo sonreír dormido en mi cintura, y sólo dejo al miedo que se quede un momento.

Cuando crezcas, espero que lo entiendas, espero que no le dejes al miedo más que un instante. Y después, lo lances lejos.

Reconstrucción

"Es el mejor momento, reconocer, sentir a veces tanto miedo, y entender que justamente ése es el gesto más valiente..."

Según un estudio que en 2005 publicó un científico de la universidad Karolinska de Estocolmo, las células del cuerpo se renuevan al completo cada diez años. Los glóbulos rojos viven 120 días, las células de la epidermis un par de semanas, y el esquelto de una persona es diferente cada diez años. Según este estudio, sólo las neuronas y algunas células de la musculatura del corazón duran hasta la muerte, las que duran... Estamos en permanente estado de reconstrucción, sin ser seres del todo, sino sólo creciendo, cambiando, evolucionando; y la vida imita al cuerpo, viviendo en un edificio que infinitas veces se derrumba para volver a construirse. Es métafora prestada, y no sólo por Deluxe la del momento en que hay que tirar unos cuantos pisos del edificio para volver a construirlos de nuevo. Si los cimientos son buenos, no importa cuántas veces arrastres los ladrillos por el suelo, que cada vez será más firme, o eso creemos...
A mí me parece real lo que decía este tal señor Frisen, porque mis huesos son como esos ladrillos; creo que no soy nada, sino que me voy siendo, poco a poco, como los besos de un reencuentro. El miedo es que me falte alguna parte del cuerpo, que no sea capaz de inventarme los brazos, las piernas, los sueños, las ideas, el saberme incompleta a ciencia cierta.
Y es cierto que incompleta estoy, porque cada mañana me voy construyendo, cada día despierto con una nueva piel, con un nuevo podría, con algún que otro deseo. Abro despacio el ojo y estoy viva, sé tengo un rostro porque me da la luz, y sé que tengo pecho porque late, y me abrazo los brazos para saber que puedo abrazar con ellos, y me tiro del pelo enganchado en la almohada, y estiro bien las piernas por si he crecido un poco, y me rasco la piel porque me pican todas las cosas viejas de los sueños. Incorporo a este yo y huelo, escucho y saboreo... y por un instante, no tengo la más remota idea de quién soy.
Así me lanzó al mundo con la duda, insegura segura, dormida, despierta, perdida y atenta, con el alma en un hilo por sí hoy no me encuentro. Me busco por el metro, escucho esa canción, y poco a poco empieza la reconstrucción. Si algún día despierto y entonces sé quién soy, eso sí me da miedo. Prefiero no saber, descubrirlo viviendo, tener siempre diez años como tienen mis huesos.

El sabor del agua de cebada


Yo no sé a qué sabe el agua de cebada. Pero casi puedo adivinarlo cuando mi madre me habla de aquellos años en que, viviendo en Alicante, la probó por primera vez: una bebida dulce del color de la coca-cola. Mi tía recuerda entonces el sabor de los helados de nata de Santander, que las dos comían en las colonias de verano, una nata densa y dulce de leche recién ordeñada. Y mi padre, que lleva 50 años buscando el sabor de una horchata que tomaba en Zamora cuando era pequeño. Le encanta pedir horchata en cualquier sitio, y no descansará hasta encontrar una que sepa como aquella de su infancia.
Mi abuela también vivió en Alicante, muchos años antes, después de la guerra, y recuerda el sabor de las naranjas que le daba la familia que la acogió, unas naranjas de hija única que eran sólo para ella… Nunca más volvió a ser hija única ni a comer naranjas. Volvió con su madre y todos sus hermanos a Madrid, y aquí fue donde comieron aquellas lentejas con hormigas en el campo que había en lo que ahora es Avenida de América. Cuando la conoció, mi abuelo le daba los curruscos de pan de la mili, y eran curruscos que abrazaban por las noches.
En mi familia no tenemos tierras, propiedades, empresas… ni nada que mis primos o yo vayamos a heredar. Pero de alguna forma hemos heredado estos sabores, estas vidas, y miles de historias maravillosas que empiezan en una comida, un ataque de risa entre calamar y calamar, pesados abrazos después de un cocido, peleas interminables por las torrijas de mi abuela, alguna discusión de sobremesa y muchos sueños de aperitivo.
Y aunque la horchata no me gusta demasiado, algún día tendré que ir a Zamora a buscarla, tendré que probar el agua de cebada y viajar al pueblo donde vivió mi abuela, comer curruscos de pan aunque prefiero la miga y, por qué no, cocinar unas buenas lentejas con hormigas en honor a esa posguerra que marcó la infancia de todos mis abuelos.

Y yo también dejaré mis sabores, claro, el de los lenguados con judías verdes durante tres largos años mientras mi madre estudiaba, el de la tortilla de patata que se cocina cuando uno está desencantado con el mundo, el de las papillas de galleta con zumo de naranja y plátano que me preparaba mi padre de merienda, y antes a él el suyo, y quizá antes a mi abuelo el suyo…
Supongo que no importa lo que nunca tendré ni hemos tenido (y además ya me voy a acostumbrando a ser "pobre" dada la profesión que elegí) porque gracias a ellos, tengo miles de sabores en herencia que dejaré a mis hijos. Que aproveche.