De jintajáforas y astrabanes



Decía Beckett que un escritor debe crear su propia lengua. Supongo que no sólo se refería su voz auténtica, si no a su geografía particular de palabras-puerta,  voces recurrentes y sílabas caleidoscópicas que sirvieran a sus navegantes de mapa familiar y chimenea en el frío de los inviernos lectores. Su voz propia... su canto imprescindible y asombroso, y sin embargo lo suficientemente universal para estar en el museo de los escritores inmortales. Qué ardua y misteriosa tarea, pienso yo... 
¡Plim! Atrapo la palabra maravilla... y es difícil que signifique lo mismo para mí que para el otro. Y justo en esa reflexión, caigo en la existencia de esa forma de comunicarse con palabras que las transciende, que se genera, por ejemplo, entre los poetas como si fuera oxígeno y sólo es comprensible por los mortales con escafandra o traje de astronauta. Y escucho la música también, de caramelo, y una magia en espejo, y un eco que reverbera cuando leemos volcán y un agüilla que salpica cuando susurramos mariposa... las palabras me curan y me enferman desde que soy pequeña.

Ventinueve tesoros


¿Para qué preguntarnos si hay vida después de la muerte, 
si resulta que hay vida antes de la vida? 
Sí, es que no sabíamos que había estrellas nuevas en las pupilas,
y un agujero de gusano entre las tripas y el sueño,
y una pelota de juguete botando al ritmo de un twist.
En esta esquina misma hay una mariposa que habla chino,
y un gato con esmoquin y un lobo poetastro.
Allí, sobre la mesa, veintinueve tesoros,
un cigarrillo a medias y un ratón pequeñito.
Late en todas las cosas un suspiro,
porque todas las cosas saben lo que quiero,
llevo toda la vida sin ver que había esto,
desaprendiendo lenguas y colores para sobrevivir,
y ahora de repente tengo que aprender otra vez todo lo que ya sabía
Como los niños que olvidan respirar con la barriga, y cuando son mayores se hacen daño en la garganta al cantar: ¿por qué lo olvidamos? ¡si era perfecto! Era perfecto el idioma y el país, y el cohete, y la luna...
y de repente ya es por la mañana, 
porque todo lo que pasó había pasado antes,
y se levanta el toldo con su motorcillo
y al entrar en sol por la ventana...
llorar porque la certeza de la vida antes de la vida.



Juego

(Jugamos todos, con las palabras, sepamos o no escribir, son colores en un lienzo, son magia pura)

(Gertrudis)
 De hecho, hay un planeta, más acá, en el que uno puede dibujar o escribir todo lo mal o bien que le de la gana. Por ejemplo, si uno no sabe dibujar nada de nada, pues entonces garabatea, pero con gracia, con todo el cuerpo, garabatea y baila como si Pollock, Martha Graham, Marcel Marceau y Pina Bausch jugaran al corro de la patata. Y si uno no sabe escribir, pues coge palabras que le suenen bien, como mazapán, ciernes, almohada, tuétano y pirata, y se inventa una historia -que le guste al menos a un habitante del planeta-. Se dice que una vez, un visitante llegó a este planeta y escribió el relato más absurdo que se pueda imaginar, pero como le gustó a una señora viejita que hacía puzzles en la puerta de su casa violeta, se aceptó. De hecho, aquellas fueron precisamente las palabras que eligió (mazapán, ciernes, almohada, tuétano y pirata) y era más o menos así:

El día que nos quedamos sin mazapán, alguien propuso bajar a la tienda más cercana a comprarlo. Yo estoy cansado, dijo uno. Yo tengo sueño, dijo el otro. Yo no tengo dinero, dijo el de más allá. Pero el joven pirata, que sabía dormir todos los amaneceres, que sabía cómo avanzar por todos los caminos, cogió su cofrecillo de madera y se ofreció: yo bajaré a por mazapanes. Con su pata de palo recorrió el camino hasta la escalera, troc, troc, troc, y luego la bajó despacio, clack, clack, clack.
Al llegar a la tienda, un escalofrío de miedo le llegó hasta el tuétano: “No tenemos mazapán”- rezaba un cartel en la puerta-. Paralizado, pensó en qué podía comprar con sus doblones de oro que sustituyera el encargo... nada se le ocurría, y un hambre en ciernes se acoplaba en su costado. Temía el reproche al volver a casa sin su objetivo cumplido y que todo aquello que quería se desvaneciera en la noche de Tanabata. Visitó varios establecimientos cercanos, preguntó a ciertos vecinos, se acercó al parque de Gladys a ver si por casualidad... pero nada. No había mazapán en todo el barrio... Lo único que podía hacer era seguir preguntando a los habitantes de otros barrios, de otras ciudades, de otros países, en sus establecimientos, a sus vecinos, en los parques, a ver si por casualidad... pero nada. Continuó buscando a lo largo y ancho, convencido de que algún día, en alguna pequeña tiendita atendida por una señora gorda, hallaría el mazapán. Escaló una colina, construyó una cabaña, conoció a una princesa india y se enamoró, luchó contra un gran tiburón blanco, naufragó, encontró a una tortuga y la llamó Gertrudis, aprendió a hacer yoga, creció su tesoro, dió la vuelta al mundo, se volvió a enamorar, encontró un pez y lo llamó Giuseppe... y seguía buscando mazapanes.

Pasaron más de cuarenta años, y el viejo pirata se sintió cercano a la muerte. Su cuerpo, vacío de mazapán y lleno de historias, le detuvo en una manzana llena edificios de ladrillo marrón, y, al girar la esquina, vio un jardín lleno de geranios rosas y jazmines azules. Allí se quedó, justo frente a la puerta, mirando el pomo dorado que le separaba de la casa de la que había huido años atrás. Con sigilo, como para no despertar a nadie, entró, y al notar que estaba vacía, respiró aliviado. Nadie le regañaría por no traer el mazapán. Subió la escalera, clack, clack, clack, recorrió el camino hasta su cuarto, troc, troc, troc, se tumbo en la cama, y reposó suavemente su cabeza en la almohada.

El nombre de las cosas


JULIETA: ¿Qué es un nombre? No es pie, ni mano, ni brazo, ni semblante, ni pedazo alguno de la naturaleza humana... ¡Toma otro nombre! La rosa no dejaría de ser rosa ni de esparcir su aroma aunque tuviese otro nombre... Deja tu nombre Romeo, y cambio de tu nombre, que no es cosa alguna sustancial, toma mi alma. (Escena II, Acto II. Romeo y Julieta. Shakespeare)

ROMEO (fuma): Julie, existir es un poco ser nombrado... ¿sabes? Sí, soy Romeo, no puedo ser otra cosa... ¿Entiendes? No quiero tu alma. Es tuya. Tú eres Ju-lie-ta. Y te quiero así, nombrada por mí. Al nombrarte también te pongo alma: la que eres conmigo, aunque desde lejos..

JULIE (se suelta el pelo): Soy piel y carne y deseo y ojos y manos que te quieren coger y no te alcanzan... ¿No es eso existir? ¿No hay algo de nosotros que ES a pesar de nuestro nombre?

ROMEO: Sí, lo Es, y a la vez no puede serlo, y yo no puedo dejar de ser Romeo y lo que eso significa. Mi nombre es también la cerradura a través de la que me espías...

JULIE: ¡Pero estás! Te estoy viendo desde el balcón y eres tú. Y no eres Romeo, eres mi amor. Que sube y sube..

ROMEO: No puedo subir, Julie, no puedo, demasiado arriba, demasiado alto, demasiado lejos...

JULIE: ¡Vete si quieres! Vete a donde no pueda verte, da igual... seguirías aquí, ¿sabes? En tu ausencia estarías tanto, tanto...

ROMEO: ¿Puede ser? ¿Puedo no estar y estar? ¿se puede ser deseo y ser hastío? ¿se puede ser música y silencio? ¿se puede ser luz y oscuridad?

JULIE: Se puede. Sin la luz no existiría la oscuridad... Lo uno sin lo otro no tiene sentido, pierde su definición. Mientras estés en cualquier otro sitio, no estarás aquí. Si faltas de este lugar en el que “no estás”, tu ausencia es una suerte de presencia.

ROMEO: Así que como sea, siempre voy a estar contigo...

JULIE: Siempre. De extrañarte, haré del pensamiento tu cuerpo.

ROMEO: Entonces no hay prisa, Julie, déjame buscar una escalera.

JULIE: ¡Ah, Romeo! ¿Por qué pensamos tanto? ¿Por qué no hacemos la escena como la escribió Shakespeare?

ROMEO: Porque acabamos muertos. Y yo, en esta versión, prefiero vivir la vida contigo.

Microrrelato Lobo


Y el lobo aullaba a la luna, y nadie sabía por qué. Hasta que descubrieron que en la luna había otro lobo aullándole a la tierra. 


Desde donde se escribe...






Como una Sioux, mando señales de humo a través de mi ventana. Nadie escucha. O nadie entiende. O no consigo dibujar bien con mi boca. Una estirada -e se abre camino entre tiestos y ropa hasta la aurora. Una -l sensual grita ¡que estoy aquí! más allá de los cables. Por la azotea cruza otra -e despistada y una -n, confusa, baja al patio y rebota con los ladridos de los perros… por fin algo concreto se dibuja sobre la pared blanca: “Elena estuvo aquí”.


Cuando era una niña escribí en una hoja una declaración de intenciones vital, enrollé el papel y lo escondí entre dos ladrillos de la terraza. Probablemente siga allí, en Antonia Ruiz Soro, con los mil secretos aguardando existir. Mientras crecemos nos vamos escribiendo a nosotros mismos contratos, testamentos, mandamientos y hasta mapas…  y los vamos escondiendo en los ladrillos de cada casa, cuerpo o sueño que habitamos. Creemos saber así qué es lo correcto, sin querer reconocer se tambalea el plan que de niños locos, adolescentes tímidos, veinteañeros revolucionarios o tengocasitreintaañosyahoraqué nos establecemos. Dependemos tanto de lo que queríamos ser que si no lo somos parece que nos hemos traicionado. Y sin embargo ahí estamos, dejando tatuadas las paredes a punto de caer, y llenando de graffitis las pieles que no lo pidieron, arrasando al pasar con nuestras dudas y miedos por encima del tiempo.

Por eso escribo hoy, porque ya sé desde donde escribo yo, Elena. Desde la inconstancia, desde lo inconexo, desde lo inconsistente, desde lo inconsciente, desde ese sitio que es lo único que no planificas: tú.

How to forget Madrid in ten days


Las nubes desde el avión parecen tan sólidas como el muro de Berlín. Parece que puedas abrir sin más la ventanilla y saltar de un brinco sobre el cielo, sin miedo a caer. Ni siquiera temes que te falte en oxígeno, o que los rayos del sol te abrasen nada más tocar tu piel: la imagen es tan pura que no hay peligro de muerte. Caminarías tranquilo sobre mar blanco que extiende de punta a punta de la tierra, como las ardillas cruzaban el país de rama en rama de árbol antes de que el hombre fuera tan destructivo. Te mojarías los pies de agua condensada, y sentirías la lluvia caer allá abajo, sobre el suelo que tan lejos queda de tu nuevo mapa del mundo. Construirías sin apenas esfuerzo un sillón de azúcar donde dejar dormir tu pensamiento, y te cubrirías las piernas con un manto de nieve antes de oír la frecuencia de tus sueños.

Es entonces cuando llegas. Con el firme propósito de olvidar el cielo de Madrid, su asfalto ardiendo y sus cervezas frías. En Berlín el cielo es un poco más gris, el asfalto está lleno de bicicletas y la cerveza se sirve del tiempo. Un ciudad llena de historia y contradicciones, viva y antigua, coloreada de graffitis, con música sonando por todas partes y lugares extraños donde perderse un día entero. Pasan diez días y parece que Madrid está a más de 3.000 kilómetros, parece fácil olvidarlo desde la caravana azul escondida en el bosque, pero resulta imposible.

Da igual cuál sea el nuevo mapa del mundo, recovecos imposibles, cimas inalcanzables. Saltar de nube en nube no es tan sencillo como en el sueño del avión, pero parecía tan real… Aún así me mudo. No olvido Madrid, volveré a Berlín, pero desde hoy me declaro habitante de las nubes. Para poder comerlas abriendo mucho la boca, para poder volar sin alas y escaparme, para hacer un castillo con ladrillos de agua, y un lago donde bailar con los cisnes efímeros, para amasar un pan de aire de leche y cocinar vapor de nata, cantar sobre la lluvia y no bajo ella, contar cuentos subida en un avión que se convierte en rana, reírme revolcándome en las sábanas blancas de este nuevo país que me he inventado, que me voy inventando según crezco, según sigo subiendo cielo arriba y me pierdo en la luna y me vuelvo de hielo.

Sin título


Jacques-André Boiffard / 1929


Una historia no tiene por qué tener un principio. Una historia no tiene por qué tener un final.

Hay instantes que se rebelan en el vacío del espacio, que se expanden hacia el infinito como átomos desconocidos. El aire que cabe en un suspiro llena toda la atmósfera de la tierra, la lágrima que recorre una mejilla es inmensa como el Amazonas horadando la orilla, la gota de sudor que resbala de la frente es descomunal como una tormenta de verano.

No se sabe el origen de este fenómeno desconocido, ya que la mayoría de los instantes son instantes sin más, momentos cotidianos, con principio y final, que se suceden unos a otros para componer la vida de alguien. Pero de vez en cuando, en cualquier lugar del planeta, un instante se congela para siempre en la retina del tiempo. Y se queda navegando en el universo, como un fósil, convertido en testigo de aquello que no sucede más que en la dimensión desconocida de las emociones humanas.

Encontrarlos a la deriva entre las estrellas no es fácil. Hay que armarse de paciencia y esperar siglos con la cabeza entornada hacia la constelación adecuada, fijar las pupilas en la incertidumbre y lanzarse sin miedo para aprender algo de ese instante que un día para alguien fue infinito.
La mayoría de las personas no son capaces de encontrarlos, y aún menos de vivirlos. Viven felices, no obstante, puesto que las historias con principio y final, como la Vida, son de lo más reconfortante.

Algunas hipótesis señalan que durante ese tipo de instantes infinitos la tierra gira hacia el otro lado sobre su eje. Los seres humanos no somos conscientes del todo, pero durante el tiempo inconmensurable en el que estos instantes suceden la tierra se detiene, el viento deja de soplar, las personas de respirar, el mar queda como un plato de sopa abandonado hace siglos… y sutilmente todos empezamos a girar hacia el otro lado, convirtiéndonos en seres distintos a los que somos en nuestra vida diaria.
El cambio es tan profundo, que sólo aquellos humanos que generan el instante son conscientes de ello. Sólo entre ese suspiro, o aliento, o mordisco, o herida, o abrazo, o pensamiento, o caída… entre ese hecho y el tiempo relativo, unos pocos sienten que el mundo se ha parado y una sonrisa intensa se escucha en el silencio.

Muchas veces ese instante se escapa entre nuestros dedos como arena del desierto, y cuando queremos entender que lo estamos sintiendo, ya se ha convertido en fósil y navega entre las estrellas, esperando que alguien lo descubra.
En ese caso ahí queda, o quizá, nosotros mismos seamos capaces de saltar hacia el infinito y volver a cogerlo.

Una historia no tiene por qué tener un principio. Una historia no tiene por qué tener un final.

Principio de incertidumbre

Colisión de particulas subatómicas

"Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos…" Rayuela. Julio Córtazar.


Cuando terminas de leer un libro entiendes que el libro no existía, si no que lo único real era tu mirada leyendo ese libro, una mirada única, excepcional e instantánea. ¿Cuándo se acaba la vida pasa lo mismo? ¿Será la muerte sólo la certeza de que tu vida no existía si no en la mirada de los demás?

“El mismo acto de observar cambia el objeto observado” reza el Principio de Incertidumbre de Heisenberg; cierto que estaba hablando de un universo atómico y subatómico que yo no entiendo, pero a veces tengo la sensación de que la Física sirve más a sus profanos que a los propios científicos… Para mí la Literatura se basa en la mentira. Así lo entendí con Rayuela hace unos años, y día a día corroboro que la Literatura, como la Vida, es una maravillosa mentira que se genera en la retina (a su vez inexistente) del observador. Quizá el amor sea también una mentira genial que no existe más que en el hueco que se genera entre dos cuerpos. Por eso los cíclopes. Por eso la Física explica mejor el amor que el Amor mismo.


Porque este mismo “principio de incertidumbre” afirma que podemos conocer la posición de una partícula con precisión, pero si tratamos de medir a la vez su velocidad, estaremos fallando en la situación que antes le atribuíamos. Es decir, que no sólo el observador modifica el objeto observado, si no que si intenta medirlo de alguna forma, con algún parámetro, estará obviando otra variable que lo define y así, resulta imposible definirlo del todo… De hecho, en el mundo cuántico, una observación demasiado precisa de una partícula puede incluso destruirla.

Los amantes, de cerca, descubren que eran monstruos, contrahechos, fingidos y retorcidos: hombre y mujer sin más; constatan su ser voluble, cambiable y manipulable. Y aún así se aman. Eso es mecánica cuántica, seguro.

Generación Éxito

“¿Y tú de quién eres?” Se decía antes para ubicar a las personas que no se conocían en los pueblos. Ahora se dice: “¿Y tú que haces, a qué te dedicas, en qué trabajas, cómo te ganas la vida?”
La vida hay que ganársela, no vale con vivirla, hay que tener dinero para gastarla y éxito para exhibirla.
Hemos caído de bruces en la Generación Éxito. Nos topamos sin pedirlo con un mundo a pleno rendimiento y aquí estamos, tratando de manejarnos “como una máquina cien por cien efectiva”.

La historia puede medirse en muchos términos, uno de ellos es el de las “generaciones”. Según Julián Marías (El método histórico de las generaciones. 1950) el ritmo de la historia puede establecerse en unidades de unos 15 años. Cada una de estas unidades es una generación, con novedades biológicas, sociológicas, filosóficas… que han de sustituir a las anteriores.

Hay cierto acuerdo en cuanto a nombres y etapas: Generación del Baby Boom, Generación X, Y, Z… Incluso existe una denominación para los nacidos a principios del siglo XX, la Generación Silenciosa, que, según la Wikipedia (fuente de información principal de la generación Y) está caracterizada por la sumisión al trabajo, el conformismo y el individualismo. Me imagino el mundo lleno de hombres y mujeres en silencio, con la cabeza agachada sobre una máquina coser o de escribir, con una peseta en el bolsillo y pensando en la sopa de puerro de la cena.


Si realizo el mismo ejercicio con mi generación inventada, la Generación Éxito, aparecen detrás de la pantalla del ordenador un millón de hombres y mujeres hablando a voz en grito por encima del ruido de la música y el tráfico, preguntándose ansiosos unos a otros, sin esperar siquiera la respuesta: “¿Y tú que haces, a qué dedicas, en qué trabajas, cómo te ganas la vida? ¿Y tú que haces, a qué dedicas, en qué trabajas, cómo te ganas la vida? ¿Y tú que haces, a qué dedicas, en qué trabajas, cómo te ganas la vida?”

Todas las respuestas se vomitan a la vez, en bilingüe, que todo el mundo habla inglés: Médico, Doctor, Carnicero, Butcher, Periodista, Journalist, Limpiacristales, Window cleaner, Basurero, Dustman, Biólogo, Biologist, Farmacéutico, Pharmacist, Carpintero, Carpenter, Político, Politician, Cartero, Postman, Peluquero, Hairdresser, Programador, Programmer, Zapatero, Shoemaker, Psicólogo, Psychologist, Electricista, Electrician, Enfermero, Nurse, Camionero, Lorry driver, Abogado, Lawyer, Policía, Policeman, Agricultor, Farmer, Cirujano, Surgeon, Cocinero, Cook, Conserje, Porter, Dentista, Dentist, Economista, Economist, Escritor, Writer, Albañil, Bricklayer, Arqueólogo, Archaeologist, Bombero, Fireman, Cajera, Cashier, Profesor, Teacher,, Camarero, Waitress, Cantante, Singer, Estanquero, Tobacconist, Físico, Physicist, Florista, Florist, Fontanero, Plumber, Empresario, Businessman, Ingeniero, Engineer, Jardinero, Gardener, Jefe de cocina, Chef, Marinero, Sailor, Modista, Dressmaker, Panadero, Baker, Pastelero, Pastry cook, Payaso, Clown, Recepcionista, Receptionist,, Secretario, Secretary, Taxista, Taxi driver, Fotógrafo, Photographer, Frutero, Fruiterer, Telefonista, Telephone operador, Vendedor, Salesman, Arquitecto, Architect, Pescador, Fisherman, Astronauta, Astronaut, Mecánico, Mechanic... etc.

Lo que caracteriza a esta generación (dentro del contexto espacio-temporal en el que escribo, claro) es la necesidad de definirse en una actividad profesional que permita "ganarse la vida", y este es un trofeo que se planta con estabilidad sobre una estantería Effektiv de Ikea. Y no digo yo que esto sea bueno, malo, ni regular. Porque a mí tampoco me viene mal del todo ganarme la vida con algo, y mejor si es aquello que me hace feliz.

Pero a lo mejor podemos empezar a plantearnos, cuando te pregunten QUÉ es lo que eres, responder: “¿Yo? Soy el amor de alguien. Soy amigo de áquel. Soy cantador de nanas. Soy una soñadora…” A lo mejor, podemos empezar por vivir la vida y no sólo ganárnosla.

Quiero, luego existo

Puede que antes escribirse más, puede que ahora menos. Puede que el mundo gire a distintas velocidades según la intensidad del aleteo de la mariposa, o puede que la primavera no llegue hasta el mes de Julio…


Lo único que sé es que quiero deletrear la palabra libertad delante del verdugo, destripar el corazón de algún tirano, bailar medio desnuda en el claustro del convento, romper esa bandera con los dientes, estrellar un avión lleno de incoherencias, vomitar sobre el suelo de los que tienen todo y no dan nada, arrancarles a las hojas a las margaritas de la desconfianza, hundir los barcos llenos de tesoros, viajar hasta la luna en bicicleta… no sé, a lo mejor no puedo, pero quiero, qué pasa.

El espíritu del viento nocturno


Lady Lilith, 1863, Dante Gabriel Rossetti

Antes de que sacara de la costilla de Adán a Eva, Yahvéh había formado a Lilith, su primera mujer, del mismo modo que había formado a Adán: del polvo de la tierra (esto no me lo he inventado yo, Lola, está en el Pentateuco, lo leí mientras María y yo ayudábamos a Teresa a hacer un trabajo de Historia Antigua).

Adán y Lilith nunca hallaron armonía juntos porque (entre otras cosas supongo) Lilith se sentía ofendida por la postura que Adán le exigía para tener relaciones sexuales: “¿Por qué he de acostarme debajo de ti? Yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual”. Cuando Adán trató de obligarla (ojo a la naturalidad con la que en los textos sagrados los hombres obligan a cosas a las mujeres), Lilith, encolerizada, (ella no era una mujer sumisa como lo sería Eva) pronunció el nombre de Yahvéh, se elevó por los aires y lo abandonó (toma). Luego huyó al Mar Rojo, se convirtió en un demonio y sufrió innumerables tormentos, bla, bla, bla.

En las tablillas de los sumerios, 3000 años antes de Cristo, aparecen referencias a un personaje (antecesora de Lilith) que este pueblo representaba como una joven doncella alada que atraía a los hombres al templo de Ishtar para celebrar ritos sexuales y así regenerarse espiritual y físicamente (los beneficios del sexo de toda la vida, vamos). Y en estas leyendas y mitos antiguos, Lilith no es sólo una diosa del sexo en el sentido más terrenal de la palabra, sino un tipo de mujer opuesto a lo que sería Eva, libre y autónoma.

Sin embargo, la Biblia Cristiana, donde Lilith aparece brevemente, y la Torá Judía, donde tiene algo más de protagonismo, recrean y transforman estos mitos antiguos interpretándolos a su favor, en este caso quedándose con una Lilith demoníaca que simboliza lo que “la buena mujer” no debe hacer: protestar, ser independiente, desobedecer, viajar, estar con muchos hombres…

Y así, desaparece toda la idea moderna que subyace en esta leyenda, desaparece cualquier signo de igualdad que pudiera haber dado un sentido diferente a la creencia religiosa, desaparece la libertad de desobeceder, de protestar, de estar, en cualquier sentido, encima de los hombres… y durante 2000 años todas las hijas de Eva agacharon la cabeza y dijeron “lo que tú quieras, cariño”, amén.

Toparse con la Iglesia, que además de manipuladora y censuradora, retarda el avance natural de las cosas, es desesperante… y lo triste, lo irónico, lo absurdo o lo cómico, es que aún ahora, en este modernísimo siglo XXI, las mismas hijas de Eva se siguen sintiendo putas por estar con quien quieran, se siguen comportando sumisamente ante un jefe o un policía, siguen agachando la cabeza ante esas reglas no escritas, y además tienen que dar explicaciones constantemente por defender sus derechos.

Y todavía hay quien piensa que las cosas han cambiado del todo, que la lucha feminista no tiene sentido, que “eso es algo del pasado”. Efectivamente, es algo tan del pasado que todavía lo estamos recordando.

Por lo que he leído en otros blogs Lilith significaba en sumerio algo parecido a “el espíritu del viento nocturno"; no nos viene nada mal ser un poco espíritu del viento y elevarnos por los aires, como Lilith, para ser demonios, ángeles, putas, diosas o lo que nos de la gana, para amar a un hombre o a cien, o a una mujer o a nosotras mismas, para ser dulces o para ser bestias, para coger la sartén por el mango o la pistola, para hacer la guerra, la paz, el amor o punto de cruz, para reírnos de los adanes que dejamos en tierra exigiendo, pidiendo, imponiendo, dominando, para follar encima, debajo, detrás, a un lado o a distancia, para ser sólo madres o sólo equilibristas, para tener un hijo o ninguno, para elegir tenerlo, para hacer política o teatro, para transformar la historia y reescribir leyendas.

Si tú te vas...




“Nena no imaginas lo bien que lo voy a pasar…” esto decía una canción de Platero y tú, una de tantas de los quince años de pantalones rotos, camisetas de Extremoduro y pelos de colores, una de las de la Malasaña con olor a petas, laca de uñas y pis, de los años en que te conocí… En realidad te conocía hacía mucho más tiempo, pero fue entonces cuando me dieron tantas ganas de conocerte más que aún no he podido separarme de ti.
Éramos sólo el boceto de lo que somos ahora, el boceto del boceto entonces, pura adrenalina llegar a casa más tarde de las 12 y una aventura buscar a un chico entre la multitud de un concierto en las fiestas del 2 de Mayo. La adrenalina nos sube ahora al darnos cuenta de lo que nos espera, mientras la luz del sol atraviesa esta botella de vino blanco. La aventura es sobrevivir los unos con los otros, sin estropear lo que fuimos y sin dejar de ser aquello en lo que nos estamos convirtiendo.


Muchas veces sé que crezco cuando te miro, porque me has acompañado desde esas calles sucias de Madrid hasta los pasillos del supermercado para hacer la compra. Y a veces sé quién soy cuando te escucho, como cuando un músico escucha a otro músico y sabe entrar a tempo para tocar con él. Hay muchas cosas que ya nos sabemos de memoria, otras que nos cansan, otras que odiamos, otras que no nos damos cuenta pero necesitamos en la gente que nos rodea. Pero sobretodo están las cosas que no están, las cosas que imaginamos que aún podemos hacer, los inventos que vamos a inventar juntos, los viajes que vamos a realizar, las risas que nos echaremos todavía y los sueños que seguimos compartiendo después de tantos años.


Si tú te vas, nena, voy a seguir pasándolo genial contigo, porque sin ti sería feliz, pero no sería la misma… porque estés donde estés, hay cosas que no cambian, y el mundo tiene que seguir cambiando… ¿verdad?

El vacío

Malevich. Composición Suprematista


Lola se ha quedado dormida.
En realidad se quedó dormida hace unas semanas, yo no sé si las iguanas hibernan, pero creo que eso es lo que está haciendo Lola. Hace tanto frío que ha decidido encerrarse en sí misma. Respira despacio, tan despacio que parece que está muerta, pero no lo está. Su piel está aún más fría de lo habitual, pero sé que vive porque se mueve de un día para otro, apenas unos milímetros, pero se mueve. Si pudiera, a veces, yo también hibernaría… pero entonces no podría pisar la nieve.
Cuando la pisas hay silencio en la calle y el cielo susurra un aire helado que se escucha como por dentro de los huesos. La nariz huele la nieve y es como si oliese por primera vez, y los ojos de nieve no ven casi, pero intuyen los colores difuminados del espacio. Una pisada sobre la nieve, Armstrong sobre la luna, la flor que nace entre las rocas, el equilibrista en la cuerda floja, el personaje entrando al escenario, la ola que rompe la barca contra el acantilado, el conejo blanco de la chistera…
Pisar la nieve, es el vacío, y antes de llegar no hay nada, tiene la magia de un encuentro fortuito y la ingenuidad de un niño, es suave como un beso e irremediable como las agujas de un reloj. El vacío es maravilloso porque no es nada y puede ser todo…


El vacío… qué palabra tan hermosa, lista para llenarse de sentido, que lugar tan privilegiado para comenzar a crear.
¡Mira, Lola! La nieve ha borrado todos los caminos, así que despierta, que podemos avanzar en cualquier dirección. En la que nosotras queramos.

He perdido la chistera, Lola

A veces pierdes cosas importantes... ideas, personas, papeles, la agenda, el tiempo, la bufanda... olvidas lo que no deberías olvidar, recuerdas lo que te duele, construyes un pasado que nunca fue, y a veces sólo a veces, lo único que cuenta no es lo que has dejado atrás, sino todo lo que queda por inventarse. Hoy no tengo ningún cuento en la chistera, Lola... Ni siquiera tengo chistera... Me la dejé olvidada en un andén de la línea seis...


Era domingo. Estaba mirando a un hombre mayor que, agarrado a un bastón, dejaba pasar un metro tras otro en el andén de enfrente. Canturreaba una canción que yo no podía oír, pero debía ser un tango de Gardel. Quizá aquella que mi madre cantaba subiendo alguna cuesta del pueblo algún verano: "Barrio, plateado por la luna, rumores de milongas son toda tu fortuna… Barrio, barrio, que tenés el alma inquieta de un gorrión sentimental…" Con el pie izquierdo el hombre llevaba el compás y en sus ojos grises, cubiertos por tupidas cejas canosas, se adivinaba el recuerdo de un ayer. En su pupila reconocí una silueta. Era de una mujer, llevaba un vestido rojo, hasta los tobillos, y una chistera baja como de cabaret. Un él mucho más joven bailaba con ella alrededor del iris, sin música, como en uno de esos quioscos de los parques, un día en que los músicos hubieran tomado vacaciones para ver el mar. Ella sonreía y él, torpe, le pisaba los zapatos a cada tres por cuatro. El gorrión sentimental les miraba apoyado en la baranda del quiosco, con el pío pío intranquilo de un pájaro que no sabe migrar.


De golpe llegó el invierno a sus pupilas y a su recuerdo, cuando una lágrima empañó los ojos del hombre de las cejas de nube, y en el quiosco del parque empezó entonces a llover. El gorrión que no sabía migrar fue empujado por una ráfaga de viento helado y se llevó consigo la chistera de la mujer del vestido rojo. Él se frotaba las manos sentado en el banco del anden, y no distinguió si era el viento de entonces o era el metro entrando rápido desde el túnel lo que derribó su bastón... Al agacharse a recogerlo, el hombre despertó del ensueño y caminó todo lo deprisa que pudo hacia el vagón. Entró un instante antes de que las puertas se cerraran, y mientras el metro desaparecía de nuevo en la oscuridad, su mirada gris se cruzó con la mía... El hombre de las cejas de nube me lanzó las imágenes de su vida como si sus ojos de siglos fueran el proyector de un cine antiguo.
En blanco y negro mudo veo entonces como camina deprisa por el mismo parque, con un paquete atado con cuerdas entre las manos. Luego ella lo abre y saca una tableta de chocolate. Otra imagen. Ella está sentada en un taburete de madera, en la cocina, pelando judías verdes mientras él la observa apoyado en el quicio de la puerta. Y otra. Ella aparece en lo alto de unas escaleras, en el hall de un teatro, él la espera abajo y se abrazan. Ella está sudando, sobre la cama, él sostiene a un niño entre los brazos. La mujer sonríe, en realidad sonríe siempre. Los dos miran por la ventana, nieva. Una niña corre por la playa, un cuento se cae desde el pupitre, un vaso de agua espera en la mesilla, un balón pinchado sobre el tejado, unos ojos verdes brillan en la oscuridad, una vía del tren, una mancha en la pared, un lápiz, un reloj, nada.

Otro instante y la llegada del metro en sentido contrario rompió en mil pedazos la imagen que el hombre de las cejas de nube proyectaba sobre mí. Desperté del ensueño y caminé todo lo deprisa que pude hacia el vagón. Entré un instante antes de que las puertas se cerraran, y mientras el metro desaparecía de nuevo en la oscuridad giré la cabeza y desde la ventanilla ví, apoyada sobre el banco donde yo había estado sentada, la chistera.

Un cuento

"Si yo no ardo esta noche, quién iluminará el mundo" (algún profesor)
Érase una vez un cuento que no quería ser cuento. Las palabras burbujeaban en los límites del papel, queriendo salir a encontrarse con metáforas y paralelismos; las letras empujaban desde las tapas del libro, aún en blanco, buscando un lugar donde colocarse para tener sentido. Los personajes del cuento, aún por encontrarse, vagaban solitarios entre las neuronas del escritor, sin objetivo ni conflictos, sin transformación ni revolución.
Y el cuento, sin más explicación, no quería existir. Prefería ser una historia probable, prefería ser un podría o un quizás, no quería ser nada para no definirse. A lo mejor ni siquiera sería un cuento, sino una novela, un poema, una canción o una obra de teatro. Pero el tiempo pasaba, y sus hojas de papel se humedecían con la lluvia, se manchaban de café, se arrugaban por las manos que buscaban un principio. Sus tapas se endurecían llenas de letras que no significaban, sus palabras estaban atascadas en un embudo sintáctico y semántico.
Los personajes se habían establecido alrededor de una hoguera en la cabeza del escritor, y allí mientras se calentaban las manos y cocinaban sopa en una lata, esperaban, esperaban, esperaban, esperaban...
Una noche de insomnio, en la que el escritor no podía dormir, un personaje abrió furtivamente un hueco entre el lóbulo parietal y el occipital, saltó de un brinco al papel en blanco y arañó con fuerza para que un par de palabras salieran de entre las páginas. Algunas letras se abrieron paso entonces entre las tapas ya ajadas y compusieron con ritmo desigual los sustantivos "melancolía" y "sombrero". El cuento que no quería ser se vió invadido por un sentimiento extraño, los personajes, las letras, las palabras... le obligaban a ser, a existir pese a su resistencia.
Al escritor, ajeno a todo esto, le sobrevino un repentino sueño y se acomodó entre los cojines del sofá. El personaje recorría las hojas en blanco, junto a la melancolía y el sombrero, que comenzaban a concretarse a sí mismos, siendo algo más que un objeto o un sentimiento; el personaje encontró un nombre, el sombrero se volvió de un color y la melancolía fue de una tierra lejana. El cuento estaba siendo, se dibujaba despacio pero firme sobre la nada, los personajes aparecían, las palabras se hilaban unas con otras construyendo el sentido de una historia, las letras bailaban alrededor del fuego como en una mágica noche de San Juan. Y, como el fuego, el cuento que no quería ser ardió sin poder evitarlo, quemó los sueños del escritor mientras dormía, convirtiéndose en ceniza a la mañana siguiente. Ese amanecer, áquel escritor escribió con su bolígrafo un cuento maravilloso, que ya no podía ser otra cosa que lo que era, que no pudo evitar convertirse en sí mismo, que, empujado por el algún destino, se definió para siempre jamás.

El miedo


Recuerdo el primer día que fuiste al circo. Había una cola enorme para entrar, así que te acerqué a un tiovivo y vimos cómo los demás niños daban vueltas y vueltas saludando a sus padres en cada una de ellas. Me pediste subir a un gatito burlón que subía y bajaba como los caballitos de siempre, los de mi infancia y no la tuya. Subiste, y a cada vuelta, agitabas la mano de un modo mecánico, un poco obligado por el ejemplo que acababas de ver, sin perder por eso la frescura en cada saludo sonriente. No me extrañaría que acabaras siendo actor; eras capaz de repetir la ilusión de descubrirme por primera vez incluso cuando llevabas diez vueltas. Yo te perdía en el tumulto de niños y sirenas de bombero para reencontrarte segundos después y volverte a perder, y a veces tenía la sensación de que no ibas a estar subido al gatito en una de las vueltas, que en alguno de esos giros del destino la máquina podía hacerte desaparecer como en las ilusiones del mago. En esos instantes el miedo recorría mis nervios y mi piel, apenas unos segundos temblorosos y fríos, apenas una imagen, apenas... y aún ahora, cuando extiendo esa imagen en el vacío siento el miedo.


Me sirve para saber que el miedo dura un instante. Empiezo a entender que no es más que una vuelta rápida, un giro inesperado, y que no puede durar porque paraliza, no puede vencer porque destruye las risas de los niños y los gatitos burlones, los coches de bomberos y los sueños. Ahora, siempre, cuando siento miedo me acuerdo de ese día en que te llevé al circo, tiemblo, tengo frío, después te veo encontrarme, te veo sonreír dormido en mi cintura, y sólo dejo al miedo que se quede un momento.

Cuando crezcas, espero que lo entiendas, espero que no le dejes al miedo más que un instante. Y después, lo lances lejos.

Reconstrucción

"Es el mejor momento, reconocer, sentir a veces tanto miedo, y entender que justamente ése es el gesto más valiente..."

Según un estudio que en 2005 publicó un científico de la universidad Karolinska de Estocolmo, las células del cuerpo se renuevan al completo cada diez años. Los glóbulos rojos viven 120 días, las células de la epidermis un par de semanas, y el esquelto de una persona es diferente cada diez años. Según este estudio, sólo las neuronas y algunas células de la musculatura del corazón duran hasta la muerte, las que duran... Estamos en permanente estado de reconstrucción, sin ser seres del todo, sino sólo creciendo, cambiando, evolucionando; y la vida imita al cuerpo, viviendo en un edificio que infinitas veces se derrumba para volver a construirse. Es métafora prestada, y no sólo por Deluxe la del momento en que hay que tirar unos cuantos pisos del edificio para volver a construirlos de nuevo. Si los cimientos son buenos, no importa cuántas veces arrastres los ladrillos por el suelo, que cada vez será más firme, o eso creemos...
A mí me parece real lo que decía este tal señor Frisen, porque mis huesos son como esos ladrillos; creo que no soy nada, sino que me voy siendo, poco a poco, como los besos de un reencuentro. El miedo es que me falte alguna parte del cuerpo, que no sea capaz de inventarme los brazos, las piernas, los sueños, las ideas, el saberme incompleta a ciencia cierta.
Y es cierto que incompleta estoy, porque cada mañana me voy construyendo, cada día despierto con una nueva piel, con un nuevo podría, con algún que otro deseo. Abro despacio el ojo y estoy viva, sé tengo un rostro porque me da la luz, y sé que tengo pecho porque late, y me abrazo los brazos para saber que puedo abrazar con ellos, y me tiro del pelo enganchado en la almohada, y estiro bien las piernas por si he crecido un poco, y me rasco la piel porque me pican todas las cosas viejas de los sueños. Incorporo a este yo y huelo, escucho y saboreo... y por un instante, no tengo la más remota idea de quién soy.
Así me lanzó al mundo con la duda, insegura segura, dormida, despierta, perdida y atenta, con el alma en un hilo por sí hoy no me encuentro. Me busco por el metro, escucho esa canción, y poco a poco empieza la reconstrucción. Si algún día despierto y entonces sé quién soy, eso sí me da miedo. Prefiero no saber, descubrirlo viviendo, tener siempre diez años como tienen mis huesos.

El sabor del agua de cebada


Yo no sé a qué sabe el agua de cebada. Pero casi puedo adivinarlo cuando mi madre me habla de aquellos años en que, viviendo en Alicante, la probó por primera vez: una bebida dulce del color de la coca-cola. Mi tía recuerda entonces el sabor de los helados de nata de Santander, que las dos comían en las colonias de verano, una nata densa y dulce de leche recién ordeñada. Y mi padre, que lleva 50 años buscando el sabor de una horchata que tomaba en Zamora cuando era pequeño. Le encanta pedir horchata en cualquier sitio, y no descansará hasta encontrar una que sepa como aquella de su infancia.
Mi abuela también vivió en Alicante, muchos años antes, después de la guerra, y recuerda el sabor de las naranjas que le daba la familia que la acogió, unas naranjas de hija única que eran sólo para ella… Nunca más volvió a ser hija única ni a comer naranjas. Volvió con su madre y todos sus hermanos a Madrid, y aquí fue donde comieron aquellas lentejas con hormigas en el campo que había en lo que ahora es Avenida de América. Cuando la conoció, mi abuelo le daba los curruscos de pan de la mili, y eran curruscos que abrazaban por las noches.
En mi familia no tenemos tierras, propiedades, empresas… ni nada que mis primos o yo vayamos a heredar. Pero de alguna forma hemos heredado estos sabores, estas vidas, y miles de historias maravillosas que empiezan en una comida, un ataque de risa entre calamar y calamar, pesados abrazos después de un cocido, peleas interminables por las torrijas de mi abuela, alguna discusión de sobremesa y muchos sueños de aperitivo.
Y aunque la horchata no me gusta demasiado, algún día tendré que ir a Zamora a buscarla, tendré que probar el agua de cebada y viajar al pueblo donde vivió mi abuela, comer curruscos de pan aunque prefiero la miga y, por qué no, cocinar unas buenas lentejas con hormigas en honor a esa posguerra que marcó la infancia de todos mis abuelos.

Y yo también dejaré mis sabores, claro, el de los lenguados con judías verdes durante tres largos años mientras mi madre estudiaba, el de la tortilla de patata que se cocina cuando uno está desencantado con el mundo, el de las papillas de galleta con zumo de naranja y plátano que me preparaba mi padre de merienda, y antes a él el suyo, y quizá antes a mi abuelo el suyo…
Supongo que no importa lo que nunca tendré ni hemos tenido (y además ya me voy a acostumbrando a ser "pobre" dada la profesión que elegí) porque gracias a ellos, tengo miles de sabores en herencia que dejaré a mis hijos. Que aproveche.

Dáctilo, anfíbraco y anapesto

El dáctilo es un animal de la selva, una especie de ave pequeña y rechoncha con dos patitas cortas que viste unas plumas suaves y rosadas y tiene un pico arqueado hacia abajo en el que se dibujan motas de color pardo. Es difícil verlo, porque es un animal tremendamente tímido. Aunque hubo una vez un dáctilo valiente, extrovertido y curioso, que decidió cruzar el anfíbraco que lo separaba del continente vecino. Cuando pisó con sus cortas patas la tierra roja de aquel lugar, una descarga eléctrica recorrió todos sus nervios y sin que pudiera hacer nada su cuerpo se lanzó en picado contra en infinito del desierto, alcanzando en un milisegundo el otro lado del planeta.
Actualmente es el único dáctilo del desierto, y allí se dedica a recolectar dátiles y a contar a todos los animales sus aventuras a lo largo y ancho de este mundo, ya que cada cierto tiempo la descarga eléctrica recorre sus patitas, localiza un anfíbraco y le lanza sin remedio al infinito de un nuevo lugar...

Hay un juego que hacemos los monstruitos y yo -olvidé comentarte que otra vez estoy dando clases a los niños en San Agustín, Lola, aunque sólo por unas semanas- que consiste en interpretar animales; al principio con el perro, el león y la serpiente teníamos bastante, pero después de un año el arca de Noe se nos ha quedado corta.
Así son los niños, si el mundo se les queda pequeño... se inventan uno nuevo. Asi que empezamos a inventarnos animales como el Cótrolo o el Zambure, que caminan de formas extravagantes y hacen ruidos inimaginables que sugieren mil improvisaciones surrealistas. Y asi empezó esta historia... con las claúsulas trisílabas de los versos. He desenpolvado mis viejos apuntes de verso para estudiar ahora que lo clásico vuelve a mi vida -por eso sólo estaré con ellos unas semanas, me voy a hacer un curso de ello- y he decidido que tan curiosas palabras merecían un post además de una revisión urgente.

Asi pues, y ya que preveo que no voy a escribir mucho durante estas semanas, os dejo Lola y compañia con este breve anapesto para recordar que las palabras siguen siendo uno de los tres inventos que más me gustan de esta humanidad contradictoria.