
Shhh...

Monstruitos

Son los seres más inteligentes y sorprendentes que conozco, divertidos, ocurrentes, locuaces, ingeniosos… nada de lo que veas después puede sorprenderte tanto como la respuesta de un niño. Siempre cuento lo mismo cuando hablo de su inteligencia, aquella vez que mi primo Raúl, con cuatro o cinco años, me preguntó a dónde van las personas cuando “se rompen como los juguetes”.
Yo, queriendo no presionarle en sus creencias, le respondí que cada cuál va donde quiere, que hay quien va al cielo, pero también quien acaba en un bosque, en el desierto, en la luna o en ninguna parte. Con sus enormes ojos azules me preguntó “¿Y tú dónde irás cuando te rompas?” “Al mar”, le respondí yo. “Pues yo cuando me rompa iré al río, y así al llegar al mar me encontraré contigo”.
Llevo sólo un mes dando clases de teatro a mis inteligentes monstruos -que lloran, gritan, se pelean y corretean sin parar por el aula- y ya les adoro. No sé si yo sirvo para enseñarles algo, pero ellos desde luego sirven para enseñarme a mí. Saben cuando estás mal, cuando estás alegre o melancólica, saben hacer reír y saben retarte en duelo a muerte, saben crear y saben imaginar mejor que tú, son todo lo que les pidan que sean: actores, policías, locos, inventores, caperucitas y coches de carreras. Puede que a veces este trabajo te supere, otras veces te sientes una persona realmente afortunada por poder compartir unos meses de tu vida con gente capaz de preguntarte aún “¿Y tú, qué quieres ser cuando seas mayor?”
Yo quiero seguir siendo lo que soy. Y quiero escribir. Y quiero hacer teatro para quien realmente lo necesite. Y quiero ir a la luna y volver cargada de piedras de meteorito que saben a fresa para regalárselas a los monstruitos.
Memoria Verata
El amor en los tiempos de...
Hay una pareja de ancianos tumbada sobre un colchón. Respiran despacio en una habitación pequeña y oscura, es el piso bajo de una calle céntrica de Bagdad. Se están mirando a los ojos mientras él reza bajito una oración. Ella no cree en Allah, ni en ningún dios, por eso, mientras su marido reza, le dice, también en susurros, cuánto lo ha amado. En cuarenta años de matrimonio, nunca le ha dicho “Te quiero” y no porque no lo sintiera. Ahora, se abraza, con las pocas fuerzas que le quedan, a la ancha espalda de obrero de su hombre. “Lo único que me duele”, le dice tras un largo silencio, “es morir sabiendo que pude luchar y nunca lo hice”.
Ella y Él

Él: No sé.
Ella: Te quiero.
Él: Tengo miedo.
Ella: Tengo frío.
Él: Te quiero.
Ella: Te odio.
Él: Estás loca.
Ella: Estás precioso.
Él: Nunca conocí a nadie como tú.
Ella: Nunca me he enamorado.
Él: Mientes.
Ella: Dudas.
Él: Pienso.
Ella: Yo siento.
Él: Yo también.
Ella: Mientes.
Él: Me duele.
Ella: ¿Sentir?
Él: Mentir.
Ella: ¿Mientes?
Él: Dudo.
Ella: Yo también.
Él: No sé.
Ella: No sé.
Dos balas

Amnistía Internacional me manda un mail para que pida a mi gobierno que apoye la elaboración de un Tratado Internacional sobre Comercio de Armas en la Asamblea General de Naciones Unidas. Yo les contesto, y apoyo lo que sea que haya que apoyar, y espero que así lo haga el país en el que vivo (sin armas). Pero me he quedadado clavada ahí, en la primera frase, en esas dos balas, mis dos balas, una de las cuales habrá de matar a alguien alguna vez.
Tortillas

Me gustaría saber qué hace la gente para animarse, es una curiosa parte de la personalidad...
No es que yo sea una gran cocinera -aunque suelo hacerlo a diario, pero le llamo “hacer la comida”, que no es lo mismo que cocinar-. Cocinar es como preparar una obra de teatro, me entusiasmo planeando el espectáculo, para mí o para quien sea el afortunado que me acompañe (afortunado si mi experimento sale bien). Porque a mi no me gusta seguir las recetas de la abuela, ni las de Simone Ortega; a mí me gusta jugar... Y por eso se me quitan las penas, porque juego, construyo un delicioso plato (o al menos un original plato), de la nada, de lo crudo, de lo soso. Soy la bruja de la taberna, el hada del amor... Hay que enamorarse de la carne cruda, de las hojas de lechuga, de la pimienta, incluso del pescado congelado; nada que cocines saldrá bien si no lo haces con mucho amor. Con tanto amor, tanto olor, tanto juego, con la inevitable compañía del que al final degusta mi plato ¿Quién no se alegra un poco?
El atlas
Naturalmente casi nunca los hallo; o son demasiado pequeños, como Kingsbridge, y no salen en los mapas; o “desaparecieron” antes de que nadie los incluyera en uno, como Macondo; o, y estos son los peores, nunca existieron, es decir, proceden de la imaginación del escritor.

Hay otros lugares deliciosos: los que disfrutas aún más porque ya conoces, como el Madrid de Dos mujeres en Praga o Londres en Las aventuras de Sherlock Holmes. Me gustaría (aunque dudo que lo consiga) leerme Ulises de J. Joyce sólo por este motivo; porque sé que cuando hable de Grafton Street o Trinity College yo tendré una visión real y casi física del lugar, que quien no conoce Dublín tendrá que imaginar.
Desconozco el motivo de esta obsesión literaria, pero lo cierto es que tengo una clara sensación de alivio cuando el lugar en cuestión aparece en el atlas; qué placer experimenté cuando, a pesar de no hallar Macondo, pude leer claramente “La Ciénaga” en el mapa de Colombia, junto a Riohacha o el río Magdalena de otras novelas de García Márquez; o cuando encontré la extraña ciudad de Christania donde deambulaba el personaje de Hambre.
Me da la sensación de que con una gran lupa podría observarles caminar por las calles, moverse y hablar con los vecinos, incluso ver con un microscopio gigante esas cosas tan interesantes que los escritores no escriben, pero nosotros los lectores sabemos que los personajes hacen... Todavía recuerdo la sensación de ingravidez al descubrir que Lúmbanico, el planeta cúbico, donde vivía aventuras extraordinarias con once años, no era real. La zozobra de la irrealidad me persiguió unos días, hasta que descubrí un truco infalible al que todavía recurro y dibujé un mapa detallado de Lúmbanico.
Creo que es este mismo motivo, el hacer la realidad del libro algo tangible más allá de las palabras, el que impulsa a algunos autores a incluir mapas de sus lugares literarios en la primera o la última página del libro, véase sino la Tierra Media de El Señor de los anillos. Parece que lo físico, casi diría lo científico de un Atlas, aporta cierta seguridad o la certeza de que lo leído va a durar para siempre, que la gente literaria sigue teniendo vida en sus lugares literarios, mejor aún si son lugares reales, más allá de mi lectura, limitada a mi tiempo y a mi espacio.
He de hacer, además una confesión: he hablado con casi todos los personajes de lo libros que he leído; asistí al entierro de Amaranta y, me avergüenzo haber tenido algún sueño erótico con Horacio Oliveira, he compartido consejos con Yerma, y, bueno, ayudé a cometer asesinatos y más de una revolución. Todo esto no lo puedo demostrar, como demuestra el Atlas que existe Paris, Argel, Lima, o Nueva York.
Después de tantos años, ya no sé si mi obsesión es que el lugar literario sea real, o que mi realidad se confunda con la literatura para sentirme siempre viviendo las mil vidas de cada página mecanografiada a doble espacio.
Revindico desde aquí que se incluya Macondo en el mapa de Colombia.
Lola se queda sola

Lola está triste.
Sabe que me voy pronto
y me mira con esa cara suya de lechón
-o cordero degollado, que es más universal-,
sólo las iguanas como ella pueden poner cara de
mamífero.
Sé que va a echar de menos nuestras tardes:
Lola, yo y las historias que grabamos juntas
frente a este micrófono.
A veces lo pienso,
pienso en la persona que
luego escucha estos libros,
los que locuto mientras Lola escucha.
En realidad los leo para Lola, no para él o ella.
En realidad para esta iguana soy alguien,
para los invidentes soy "la voz de alguien".
No es lo mismo.
Es como salir en la tele,
para la gente no eres alguien,
eres "la imagen de alguien".
Y a mí me gusta ser quien soy, me gusta lo que hago, me gusta la gente que me rodea, me gusta esta ciudad, me gusta Octubre.
No quiero ser una voz, no quiero ser una imagen, no quiero ser una talla, no quiero ser una foto, no quiero ser una adjetivo, no quiero ser un número en la cola, no quiero ser una letra en una lista.. nada de sucedáneos, sólo quiero seguir siendo lo que soy.
Por eso, nena, te vienes conmigo al nuevo piso, porque eres auténtica, real y tangible como los cuentos. Eres mi invención y yo soy tu creación. Sin ti no hay Tardes de la iguana, eres mi interlocutor, mi amiga, mi mentira. Gracias Lola por cada gesto desde el terrario, por tus silencios elocuentes, por tu presencia inabarcable. Creo que no sé tener un blog (esto ya es metablogismo, pero stargidiamú). No sé escribir, nunca jamás he sabido. He "hecho que sabía", como tantas otras cosas. Pero la pura verdad es que no tengo ni la más remota idea de escribir bien, Lola.
Por eso... seguiré haciéndolo.
Las cosas de Lola

El ambiente está cargado del perfume de los lirios y las adelfas del parque, mezclado con el sudor y el olor a fuego impregnado en las camisas de hombres y mujeres. El pelo de todos esta teñido de rojo y revuelto por los saltos locos y borrachos sobre la hoguera. Las voces resuenan por todo el pueblo, graves y felices, quemando los malos sueños con la poesía ebria de los amantes. El humo filtra todo como el espesor de un sueño o de un amanecer londinense, confundiendo en las mentes noctámbulas la realidad con los deseos.
El instante rojo, libre y desorbitado en que tú cruzas por delante de mí parece eterno. Parece que vayas a estar toda la vida delante de mí, con la camisa abierta, sudando como anticipo del baño de sal sobre una alfombra de hierba cualquiera, despeinado como antesala de mis caricias.
Pero no es que ese instante se congele, es más bien que esa libertad roja en órbita inalcanzable se expande, se abre, se difunde, se invade a sí misma de modo que resulta ser el todo de la existencia.
Cruzas por delante de mí. Y comienza mi noche de San Juan, en ese ambiente infernal lleno de pasiones en potencia...
La primera palabra que sorbo de tu boca se funde en mis oídos como chocolate; no sé si es grave o aguda, si hablaste rápido o despacio, si tartamudeaste, si torciste el labio en la letra ese o si tenías los labios cortados de beber cerveza fría y fumar cigarrillos de liar, pero mi oído es sensible a ti como el mejor de los stradivarius a la novena sinfonía de Mozart. “¿Bailas?”.
El roce de tu mano sobre mi hombro izquierdo, desnudado a la primera vuelta del baile, me provoca una especie de descarga eléctrica: unos cuantos miles de voltios recorren mi cuerpo como la traca de fin de fiestas; desde el hombro, a través de una clavícula candente, estallan fuegos artificiales en círculos alrededor del pecho, serpentean hacía el ombligo, regodeándose en las concavidades de mi pelvis, (esquivando juguetones aquello que tu mano predestina en mi hombro con su gesto sutil) se deslizan abrasando fémures, tarsos, metatarsos, muslos y tendones sonrojados, hasta que se me llena el cuerpo de colores vibrantes, que dibujan estrellas, tormentas, vientos, bosques, caballos... desbocados directamente a mi sexo.
Nadie se deslumbrará con la incandescencia en que me has convertido; la gente desapareció, se disolvió en la tierra mientras tú y yo trepábamos junto a las brasas de la hoguera, deshechas en polvo de madera, ligeras, pero aún ardiendo en su efímera existencia. El viento de la noche de San Juan nos arrastra en caprichosas corrientes de aire.
Las yemas de los dedos son cerillas a punto de encender, los pies se están cociendo, las lágrimas, el sudor, la sangre y las palabras hierven en inminente erupción por mis pupilas, por mis poros, por mi boca. Alcanzamos el cielo y volvemos a caer, justo sobre el fuego, a tiempo para estallar en mil pedazos ante la atónita mirada de los mortales.
Joder Lola.
El condensador de Fluzo
En realidad escribo dos obituarios, uno sobre Ana Saéz, una actriz secundaria de esas "de toda la vida", y otro sobre Juan Ramón Sánchez, un actor que, tras una larga carrera, abrió una sala alternativa, la Sala Tribueñe, donde ahora mismo su viuda representa la obra "Por los ojos de Raquel Meller". Escribir sobre la muerte te hace pensar. No pensar sobre la muerte, sino sobre la vida. No creo que nadie sepa quién es Ana, pero la habéis visto mil veces en la televisión; y absolutamente todos habéis escuchado historias de la boca de Juan Ramón y de su mujer, Chelo Vivares.
Él era Chema, el panadero de Barrio Sesámo y Chelo se escondía debajo del traje anaranjado de Espinete. Yo soy una de esas niñas que veía Barrio Sesámo, y la Bola de Cristal y Cajón Desastre... dile tú a esa niña que escriba sobre la muerte de Chema... Pero la medio-adulta que soy hace un esfuerzo por escribir sobre el actor, admirada doblemente, por el héroe infantil, y por el héroe profesional que abre otra sala de teatro en Madrid para contar sus propias historias. Nada. No sale nada, me levanto cada dos por tres, tomó café, como chocolate y me acuerdo de la canción de los trogloditas, que no sé porque está grabada en algún rincón importante -igual para recordarme que, así que pasen los siglos, seguimos siendo el mismo Homo Sapiens-. En una de estas voy al baño, a hacer pis -algo muy primitivo-.
Cuando me levanto de la taza me mareo lo suficiente para perder el equilibrio y darme un tremendo golpe en la cabeza contra el bidé. No sé si pierdo el sentido, pero lo primero que recuerdo es una sombra borrosa, un dibujo en mi mente que no alcanzo a enfocar... Poco a poco se va configurando, es una especie de Y griega brillante... ya lo tengo, es un condensador de fluzo. Me levanto animada y corro al ordenador, las palabras salen de mis dedos como si fueran caballos desbocados, trotando sin parar hacia el infinito, donde las ideas se pueden cazar con arco y flecha.
A veces pasa, no sabes qué hacer, qué decir, qué escribir, y de repente... paf, aparece la idea, la solución, el motivo, todo es claro y transparente y luminoso y nada se interpone entre tú y la máquina del tiempo. Entre los años 8o y este inhumano siglo XXI, que cada vez tiene menos sitio para los locos, los inventores, los poetas y los niños, todavía hay unos cuantos héroes por los que seguir cantando.
Espera a que lo publiquen, Lola.
Alicia
