He perdido la chistera, Lola
Un cuento
Los personajes se habían establecido alrededor de una hoguera en la cabeza del escritor, y allí mientras se calentaban las manos y cocinaban sopa en una lata, esperaban, esperaban, esperaban, esperaban...
El miedo

Reconstrucción
El sabor del agua de cebada

Mi abuela también vivió en Alicante, muchos años antes, después de la guerra, y recuerda el sabor de las naranjas que le daba la familia que la acogió, unas naranjas de hija única que eran sólo para ella… Nunca más volvió a ser hija única ni a comer naranjas. Volvió con su madre y todos sus hermanos a Madrid, y aquí fue donde comieron aquellas lentejas con hormigas en el campo que había en lo que ahora es Avenida de América. Cuando la conoció, mi abuelo le daba los curruscos de pan de la mili, y eran curruscos que abrazaban por las noches.
Y aunque la horchata no me gusta demasiado, algún día tendré que ir a Zamora a buscarla, tendré que probar el agua de cebada y viajar al pueblo donde vivió mi abuela, comer curruscos de pan aunque prefiero la miga y, por qué no, cocinar unas buenas lentejas con hormigas en honor a esa posguerra que marcó la infancia de todos mis abuelos.
Supongo que no importa lo que nunca tendré ni hemos tenido (y además ya me voy a acostumbrando a ser "pobre" dada la profesión que elegí) porque gracias a ellos, tengo miles de sabores en herencia que dejaré a mis hijos. Que aproveche.
Dáctilo, anfíbraco y anapesto
Actualmente es el único dáctilo del desierto, y allí se dedica a recolectar dátiles y a contar a todos los animales sus aventuras a lo largo y ancho de este mundo, ya que cada cierto tiempo la descarga eléctrica recorre sus patitas, localiza un anfíbraco y le lanza sin remedio al infinito de un nuevo lugar...
Hay un juego que hacemos los monstruitos y yo -olvidé comentarte que otra vez estoy dando clases a los niños en San Agustín, Lola, aunque sólo por unas semanas- que consiste en interpretar animales; al principio con el perro, el león y la serpiente teníamos bastante, pero después de un año el arca de Noe se nos ha quedado corta.
Así son los niños, si el mundo se les queda pequeño... se inventan uno nuevo. Asi que empezamos a inventarnos animales como el Cótrolo o el Zambure, que caminan de formas extravagantes y hacen ruidos inimaginables que sugieren mil improvisaciones surrealistas. Y asi empezó esta historia... con las claúsulas trisílabas de los versos. He desenpolvado mis viejos apuntes de verso para estudiar ahora que lo clásico vuelve a mi vida -por eso sólo estaré con ellos unas semanas, me voy a hacer un curso de ello- y he decidido que tan curiosas palabras merecían un post además de una revisión urgente.
Asi pues, y ya que preveo que no voy a escribir mucho durante estas semanas, os dejo Lola y compañia con este breve anapesto para recordar que las palabras siguen siendo uno de los tres inventos que más me gustan de esta humanidad contradictoria.
Estos días azules y este sol de la infancia
Y pasan esos días y recupero el tiempo, busco una soledad que alimente los sueños, escribo sin parar, no hay orden ni concierto. Hay música de un dios, aunque no crea en ello, una suite que emociona hasta los huesos. Escritura automática que no entiende de versos, aunque me persigan las cesuras del viento. Y qué si no me encuentro, si ya estoy donde estaba, si vuelvo una vez y otra y es el mismo cuento. Un cuento de la infancia, del sol que nos calienta, del perro que nos ladra que despierta el deseo, supongo, creo, miento, esa es la alternativa. Ninguna, nunca más o un no lo entiendo. Podría ser que sí, podría ser inmenso, podría ser real y no es un sueño. Camino despacito para no tropezar y paso a paso encuentro una única verdad, muchas verdades, y pienso aquellos días, azules como el tiempo. Hago un descanso aquí para encontrar el creo, el supongo, el podría, el entonces deseo.
Apendicectomía

Fin de la huelga

Sonríe levemente, acariciando el aparato que contiene ese cuento. Había escuchado cientos de libros, leídos por todo tipo de voces. Pero nunca una como aquella. Hacía que su necesidad de escuchar las historias de la boca de otra persona fuese casi un privilegio. Siempre hubo alguien entre ella y el autor: irremediablemente una voz -bella, pero ajena- que modificaba la obra de arte transformándola a su pesar. Aquella voz, sin embargo, le pareció la única adecuada. Una voz profunda, firme y tierna. Pensó que, lanzada por un altavoz desde su ventana, sería capaz de provocar la revolución en la ciudad, o en el país, o en el mundo entero.
Toquetea el aparato buscando a Dulcinea en una frase. Play. Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Stop. Repite la frase otra vez, hasta notar de nuevo su corazón acelerarse. Nunca podrá verle, pero sólo oyéndole puede creer, confesar, afirmar, jurar y defender que lo ama. Necesita tocar el cuerpo en el que vibra esa voz, acariciar los rasgos del hombre que le habla en la oscuridad. Idealiza consciente al portador de esa voz absoluta. No es imposible, quizá improbable, pero no imposible. Encontrarle. Eso es todo. No piensa en lo difícil de la empresa, no alcanza a estimar la probabilidad de encontrar esa voz entre las miles o millones de voces de la ciudad. Simplemente coge la correa, se sujeta a su perra y sale a la calle. Ella es su fiel escudero, sus ojos y su cordura.
El viento del olvido
Ningún olvido se parece a otro: olvidar el amor no es lo mismo que el olvido de la muerte, con su eternidad, u olvidar un dolor del alma para poder seguir adelante, o no tener rencor, que es olvidarse de la venganza...
Yo, hay cosas que no pienso olvidar, olvidos contra los que lucho ferozmente cada día, para que no se pierda entre ese viento terrible lo que merece la pena ser recordado; y otras que me esfuerzo en borrar, pero que reaparecen como tinta mágica y vuelta a empezar... En fin que me paso la vida forzando a las poquitas neuronas que tengo: a unas para olvidar, a otras para mantener vivo un recuerdo... y un día la memoria me traiciona y me olvido de hacer compra, o de llamarte, o de perdonarte, me olvido de escribir lo que estaba pensando, o se van las horas sin acordarme de aquello tan importante. Lo siento si olvidé algo que tenía pendiente (por ejemplo, charlar contigo Lola).
Cosas que me gustan
Las iguanas
Las espirales
Un violín y un piano sonando juntos
Los jerseys de cuellos grandes
Las cajas de música
Los tranvias
Las escaleras de caracol
Las pérgolas para los músicos
Los laberintos de jardín
Los mercadillos
Las pajareras sin pájaros
Las ventanas
Los baúles de pirata
Los altillos de los bares
Las palomitas en el cine
El chocolate negro
Las camas con dosel
El café
Las caracolas
Los discos de vinilo
Los cuentos
Las cosas que no se sabe para que sirven
Las listas de cosas
Los etcéteras.
Karma

Flanders (me gusta más llamarlo así) es un lugar donde la gente emite buen karma, te dan indicaciones con una amabilidad desconocida, te dan bocadillos a un euro, se paran con su coche para que puedas terminar de hacer una foto... así que se puede decir que llegué cargadita del “toque Flanders” a los Madriles.
El mismo martes que salí de madrugada desde Bruselas volviendo a la dura realidad, estaba por la tarde esperando al autobús de San Agustín de Guadalix para ir a trabajar, cuando un apresurado madrileño rozó mi hombro dejando caer algo a su paso. Me agaché para recogerlo y ví, asombrada, que se trataba de dos billetes de cincuenta euros. Miré a mi alrededor para ver si era de alguno de los que estaban en la cola, y como no hicieron gesto alguno, deduje que se había caído del bolsillo del acelerado conejo blanco. Miré hacia donde se había ido, y, como Alicia, salí corriendo tras él por el oscuro túnel del intercambiador de Plaza Castilla. Al fin le alcancé y le tendí la mano. Él puso cara de “Madre mía, ¡se me habían caído los cien pavos!” y luego cara de “¿Me los estás devolviendo?”. Me dio las gracias atónito y volví corriendo en dirección contraria para no perder el autobús.
Eso fue lo que yo le dí al universo: cien euros.
¿Hubiese tenido ese instinto sino hubiera sido porque venía feliz de las vacaciones con Raúl y Álvaro, e influenciada por el llamado “toque Flanders”? El cóctel de la cerveza belga, la emoción de viajar, las frites con sus salsas, la dulzura de Gante y Brujas, la desconexión del estrés urbano, la belleza escondida de Bruselas... ¿había generado en mí una nueva forma de hablarle al universo? Quiero decir con esto que todo nos cambia, que cada paso que damos, cada ciudad que conocemos, cada persona que nos guía por un camino y no otro, cada suspiro que damos al contemplar un amanecer... hace de nosotros personas distintas, capaces de entender más allá de sus propios ombligos.
Pasado Pluscuamperfecto

Pero ella, decía, había ido a trabajar en metro, y a la salida había decidido hacer un viaje por la ciudad -ya que estaba allí desde hacía más de veinte años, quizá no era mala idea disfrutar del paisaje, de la luz y de la gente de Madrid-, primero había quedado con sus compañeros de la universidad, había paseado por La latina y tomado cañas y cafés hasta las ocho de la tarde, cuando la luz y los guiris se desvanecen de las calles del centro. Después había vuelto a su nueva casa, se había arreglado un poco y como nadie tenía guardia en el hospital, había podido salir a beber vino blanco y comer croquetas de bacalao en una taberna de Malasaña. Había mirando entonces con cariño aquel instante, queriendo congelarlo en su memoria para cuando los pequeños conflictos del día a día la preocupaban. Había recordado también, al acercarse a ese bar con los mejores mojitos de los dieciséis años, cuantas noches había pensado antes que Madrid era una ciudad divertida y emocionante donde podía pasar cualquier cosa. Echaba de menos el mar, echaba de menos un poco menos de egoísmo y prisas, hubiera echado a unos cuantos políticos que llevaban demasiados años allí, pero en el fondo esa ciudad, había concluido, era maravillosa.
Había viajado lejos (a Flandes últimamente, pero eso es otra historia) y había querido irse aún más lejos millones de veces, pero sabía que siempre volvería. Volvería para ver todos los parques con cumpleaños al atardecer y para poder hacer San Cucufato Armendáriz y encontrar sitio un domingo por la tarde en Lavapiés, y tomar cervezas en su barrio con su familia, e ir al parque a corretear y bajar el cocido de las tres, y darse besos con todos, y coger el último autobús demasiado acelerado con su muy mejor amiga.
Sabía que su ciudad no era una ciudad agradecida y por eso no se molestaba en defenderla, era su tierra como podía haber sido cualquier otra, pero nunca se preocupó en explicar a nadie lo genial que era. Se explicaba por sí misma: era una tierra de gente de todas partes donde en realidad nadie era de ningún sitio.
Esperando...

Es el siguiente miércoles, son las 14.00 y el chico ya está allí, yo llevo toda la mañana enferma metida en casa, quizá me he puesto enferma sólo para poder averiguar qué pasa con el visitante del edificio de enfrente. Se sienta, saca un sándwich y lo come despacio. A mi me entra hambre y me voy, sin descuidarle, a prepararme uno. Ahora no me ve porque estoy detrás de la cortina… Aparece la señora del cuarto A con su perro, se detiene a charlar un rato con el chico y se mete en su piso. Vuelvo al rato y él sigue allí, ahora leyendo un libro. Entonces aparece la chica que vive en el cuarto B y él la saluda con un gesto; ella, entre sorprendida y extrañada, le devuelve el saludo y cierra la puerta tras de sí. Entonces, el chico se levanta, recoge sus cosas y se va por donde ha venido. Sigo sin comprender nada. ¿Es que la espera a ella? ¿O hace que espera a alguien para verla a ella?
Al siguiente miércoles llego corriendo del gimnasio para ver la función, son las 15.00 y él aún no ha llegado. Pero ella aparece sobre las 16.15 y se mete en su casa, no sin antes mirar a su alrededor. Al rato, el chico sube corriendo las escaleras y se sienta rápido a leer como si llevara allí horas. Y efectivamente muchas horas y medio libro de Henin Mankel después, él se marcha, cabizbajo, sin haberla visto a ella. Yo supongo, en plan detective, que a él le gusta ella pero no sabe cómo decírselo, y que no quiere parecer un acosador por eso sólo va los miércoles, como si esperara a alguien del cuarto C para una clase particular o algo así, cuando en realidad sólo la espera a ella.
Hoy he llegado de muy mala leche a casa, pero cuando me asomo a la ventana me aparece una sonrisa de oreja a oreja: él no podrá verlo desde la escalera interior, pero en la ventana del cuarto C hay un cartel de “Se alquila”. Escribo una nota en una hoja grande, la cuelgo por fuera de mi ventana y me voy al cine, que hoy es el día del espectador.
Todos los hechos narrados en esta historia son absolutamente ciertos y sobre cualquier parecido con la realidad… no es un parecido, es que fue así, en serio.
Yo no quiero vivir sin invierno
Foto; detalle de El rapto de Proserpina (la Perséfone de la mitología romana) de Bernini
En mi mitología romántico-emocional particular, el Invierno tiene una explicación propia, tan personal como la tristeza de Deméter. Es el tiempo de la reflexión, de la madurez, es cuando el corazón, que va más lento de lo normal, deja que nos guiemos con su pausado ritmo. Pero nada tiene que ver con la tristeza: este ha sido para mí el invierno de la nieve y la luz. El invierno de la nieve no sólo por que evidentemente ha nevado, sino por la nieve del olvido, como el viento, la nieve del des-recuerdo y la des-memoria, la nieve que vino para ocultar por fin lo que a nadie le hacía falta ver y descubrir al derretirse que lo esencial es invisible a los ojos. El invierno de la luz porque cada vez hay menos brillo ahí fuera pero más lámparas de gas aquí dentro, en un camarote cálido poblado de leones, mosquitos, ositos, gatos nocturnos y toda clase de animales de la mejor de las compañías.
Es el mejor de todos los inviernos,
alimentado por notas de colores en los bajos de una sala de conciertos,
por un viaje en tren al principio de los encuentros,
por un año nuevo que no quiso empezar en Enero,
por una cadena de besos entre vinos y cordero,
por la falta de desamor y el exceso de sonrisas,
por las ganas de correr a abrazarte sin prisas…
Es el mejor de todos los inviernos porque si en este instante se acabase, si Perséfone volviera de las entrañas de la tierra y ya nunca más tuviéramos estaciones, y el mundo entero se volviese loco de estabilidad, esta sonrisa etrusca (que no griega) que no deja de incordiarme por las noches se quedaría congelada para siempre, exclamando en su silencio lo feliz que me hacéis.
Menos mal que Deméter, aunque con tristeza, se inventó el Invierno (y gracias a Dámaso que me lo contó).
Recordando que me olvidé

Ocurrió una frenética noche de borrachera de cuyo nombre no quiero acordarme; yo llevaba un bolso morado que me había regalado mi amiga María, dentro un móvil nuevo con toda mi vida social, un monedero con todo mi dinero entre tarjetas y efectivo, mi carné de identidad, las llaves de mi casa, y un papelito escrito por algún amante que me hizo feliz. A las doce y media de aquel jueves me sentí incomunicada con el mundo, sin dinero, sin casa, sin identidad y sin recuerdos.
Pero hoy en día es fácil sustituir todo eso: fui al banco a comprobar que el dinero seguía ahí, cambié la cerradura de casa y me dieron unas llaves nuevas, dupliqué la tarjeta del móvil y probablemente busqué un nuevo amante que me escribiera en las servilletas de bar.
Pero durante el pequeño infierno en no poseía nada, en el que prácticamente no fui nadie porque ni siquiera tenía nombre, ni casa, ni los teléfonos de mis amigos, me sentí... absolutamente libre. Desprovista de lo material, desatada de los objetos y de los nombres de las cosas y las personas, me colé en el metro y deambulé desnuda por los pasillos, con la tentación de convertirme para siempre en un ser que no poseyera nada más que su corazón.
Descubrí el placer de que nadie más que yo supiera quien soy, a quien amo, o que es lo que hago en la vida realmente. Encontré mi vida secreta, una vida diferente a lo que oficialmente ponía en mis papeles, en mis carnés, en mis tarjetas, en mi agenda telefónica. Ya ni siquiera supe cuál era mi nombre, sólo sentí mi espíritu congelado, pero más vivo que nunca... Ya no me pesaba el bolso al caminar por las calles, ya no me sonaba el móvil cuando soñaba frente a una pastelería, y ni siquiera podía mandar un mensaje a la persona equivocada: si tenía que hacer algo tenía que esforzarme.
Al mal tiempo...

Así que dejo a Lola tiritando de frío y despacito salgo de mi casa y llego a la autoescuela. El profesor, Juan, y otros dos alumnos, Victoria y Luis, salimos despacito hacia Alcalá de Henares. Despacito no vamos dando cuenta de que Madrid, además de precioso, está atascado, muy atascado. Despacito conduce Juan (nosotros no nos atrevemos) por la nieve y el hielo (explicando de vez en cuando la conducción de riesgo, que parece ser que le encanta) hasta llegar a Avenida de América. En ese momento son las 10:00, hemos tardado desde Ventas hasta aquí... una hora (igual vamos demasiado despacito). Tampoco se puede ir más deprisa, porque según escuchamos en la radio, todas las salidas y entradas a Madrid están paralizadas, así que paciencia, San Cucufato y a ver si llegamos...
Tres o cuatro ataques de risa después nos damos cuenta de que no vamos llegar ni de coña, que nos esperan unas cuantas horas de atasco y que reírnos un poco más es lo mejor que podemos hacer. Con esto se nos pasa el rato y, después de “qué si, qué no, qué yo que sé” nos dicen que no hay examen, que volvamos a Madrid, ¡qué no hay examen! ¿y no se les podía ocurrir antes a los de Tráfico? ¡qué volvamos! (ataque de risa) ¡pero si hemos tardado tres horas sólo hasta Canillejas! (¿unos 4 km?). Bueno, pues volvemos. Nos ha dado tiempo a hablar de la vida, del mus universitario de Luis, del viaje al pueblo de Victoria y su marido, del hijo de Juan que baila funk -o algo así-, a escuchar Rainbow, los 40 principales, cagarnos en la madre que parió a unos cuantos, bailar e incluso fantasear con las bolas de nieve que nos tiraríamos en ese momento... y todavía nos quedaban otras dos o tres horas hasta llegar a casa.
Nos duele la espalda, tenemos hambre, queremos ir al baño, ¡estamos hartos del coche! Parece que podemos coger la salida del Plenilunio (no he estado en mi vida, así que no sé donde cae, pero lejos de Alcalá seguro) y tomarnos un café. Con lo que no contaba era con el ataque de bolas de nieve que iba a sufrir en cuanto saliera del coche, ¡toma bolazo en toda la cara! Juan te vas a enterar, arsenal de bolas, ataque por la izquierda, derecha, ¡zas!, ups, ¡bola por la espalda! Victoria habla con su madre (debe ser la quinta vez que cuenta que no hemos hecho el examen) mientras la bombardean, Luis no se atreve a acercarse, pero pronto hacemos dos bandos y la lucha se vuelve encarnizada... (yo no doy ni una, pero me lo estoy pasando como una niña pequeña).
Reemprendemos el camino de vuelta a 5 por hora, así que yo me bajo de vez en cuando a pasear por la nieve, hacer un pequeño muñeco y mirar con cara de tonta a los niños, a los perros, a las parejas de enamorados y a toda esa gente que no ha llegado a trabajar, o no ha ido, o simplemente ha decidido dejarlo todo y dedicarse a disfrutar de la nieve como si no la hubieran visto en su vida.
El paisaje es precioso, tengo los calcetines mojados y la vida me parece un lugar absolutamente divertido. A las dos y algo llegamos a La Elipa, nos tomamos unas cañas y seguimos contando historias. Despacito subo a casa y decido que lo mejor que te puede pasar es lo que de hecho te pasa, incluso si no es lo que esperabas. ¡Feliz año!